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10. La caracola y las gafas.

Piggy observó atentamente la figura que se aproximaba. Había descubierto que a veces veía mejor si se quitaba las gafas y aplicaba su única lente al otro ojo. Pero después de lo que había sucedido, incluso al mirar con su ojo bueno, Ralph seguía siendo inconfundiblemente Ralph. Salía del área de los cocoteros cojeando, sucio, con hojas secas prendidas de los mechones rubios; uno de sus ojos era una rendija abierta en la hinchada mejilla; en su rodilla derecha se había formado una gran costra. Ralph se detuvo un momento y miró a la figura que se encontraba en la plataforma.
-¿Piggy? ¿Estás solo?
-Están algunos de los peques,
-Esos no cuentan. ¿No está ninguno de los mayores?
-Bueno... Samyeric. Están cogiendo leña.
-¿No hay nadie más?
-Que yo sepa, no.
Ralph se subió con cuidado a la plataforma. La hierba estaba aún agostada allí donde solía reunirse la asamblea; la frágil caracola blanca brillaba junto al pulido
 
asiento. Ralph se sentó en la hierba, frente al sitio del jefe y la caracola. A su izquierda se arrodilló Piggy y durante algún tiempo los dos permanecieron en silencio. Por fin Ralph carraspeó y murmuró algo.
-¿Qué has dicho? -murmuró Piggy a su vez. Ralph alzó la voz:
-Simón.
Piggy no dijo nada, pero sacudió la cabeza con seriedad. Siguieron allí sentados, contemplando con su mermada visión el asiento del jefe y la resplandeciente laguna. La luz verde y las brillantes manchas del sol jugueteaban sobre sus cuerpos sucios.
Al cabo de un rato Ralph se levantó y se acercó a la caracola. La cogió, en una caricia, con ambas manos y se arrodilló reclinado contra un tronco.
-Piggy-
-¿Eh?
-¿Qué vamos a hacer?
Piggy señaló la caracola con un movimiento de cabeza.
-Podías...
-¿Convocar una asamblea?
Ralph lanzó una carcajada al pronunciar aquella palabra y Piggy frunció el ceño.
-Sigues siendo el Jefe. Ralph volvió a reír.
-Lo eres. De todos nosotros.
-Tengo la caracola.
-¡Ralph! Deja de reír así. ¡Venga, Ralph, no hagas eso! ¿Qué van a pensar los otros?
Por fin se detuvo Ralph. Estaba temblando.
-Piggy-
-¿Eh?
-Era Simón.
-Eso ya lo has dicho.
-Piggy-
-¿Eh?
-Fue un asesinato.
-¿Te quieres callar? -dijo Piggy con un chillido-. ¿Qué vas a sacar con decir esas cosas?
 
De un salto se puso en pie y se acercó a Ralph.
-Estaba todo oscuro. Y luego ese... ese maldito baile. Y los relámpagos y truenos, además, y la lluvia. ¡Estábamos asustados!
-Yo no estaba asustado -dijo Ralph despacio-. Estaba... no sé cómo estaba.
-¡Estábamos asustados! -dijo Piggy excitado-. Podía haber pasado cualquier cosa. No fue... eso que tú has dicho.
Gesticulaba, en busca de una fórmula.
-¡Por favor, Piggy!
Los gestos de Piggy cesaron ante la voz ahogada y dolorida de Ralph. Se agachó y esperó. Ralph se balanceaba de un lado a otro meciendo la caracola.
-¿Es que no lo entiendes, Piggy? Las cosas que hicimos...
-A lo mejor todavía está...
-No.
-A lo mejor sólo fingía...
La voz de Piggy se apagó al ver el rostro de Ralph.
-Tú estabas fuera. Estabas fuera del círculo. Nunca llegaste a entrar. ¿Pero no viste lo que nosotros... lo que hicieron?
Había horror en su voz y a la vez una especie de febril excitación.
-¿No lo viste, Piggy?
-No muy bien, Ralph. Ahora sólo tengo un ojo; lo debías saber ya, Ralph.
Ralph siguió balanceándose de un lado a otro.
-Fue un accidente -dijo Piggy bruscamente--; eso es lo que fue, un accidente. Su voz volvió a elevarse.
-Saliendo así de la oscuridad..., ¿a quién se le ocurre salir arrastrándose así de la oscuridad? Estaba chiflado. El mismo se lo buscó.
Volvió a hacer grandes gestos.
-Fue un accidente.
-Tú no viste lo que hicieron...
 
-Mira, Ralph, hay que olvidar eso. No nos va a servir de nada pensar en esas cosas, ¿entiendes?
-Estoy aterrado. De nosotros. Quiero irme a casa. ¡Quiero irme a mi casa!
-Fue un accidente -dijo Piggy con obstinación-, y nada más.
Tocó el hombro desnudo de Ralph y Ralph tembló ante aquel contacto humano.
-Y escucha, Ralph -Piggy lanzó una rápida mirada en torno suyo y después se le acercó- ...no les digas que estábamos también en esa danza. No se lo digas a Samyeric.
-¡Pero estábamos allí! ¡Estábamos todos! Piggy movió la cabeza.
-Nosotros no nos quedamos hasta el final. Y como estaba todo oscuro, nadie se fijaría. Además, tú mismo has dicho que yo estaba fuera...
-Y yo también -murmuró Ralph-. Yo también estaba fuera.
Piggy asintió con ansiedad.
-Eso. Estábamos fuera. No hemos hecho nada; no hemos visto nada.
Calló un momento y después continuó:
-Nos iremos a vivir por nuestra cuenta, nosotros cuatro...
-Nosotros cuatro. No vamos a ser bastantes para tener encendida la hoguera.
-Lo podemos intentar. ¿Ves? La encendí yo.
Llegaron del bosque Samyeric arrastrando un gran tronco. Lo tiraron junto al fuego y se dirigieron a la poza. Ralph se puso en pie de un salto.
-¡Eh, vosotros dos!
Los mellizos se detuvieron unos instantes y después siguieron adelante.
-Se van a bañar, Ralph.
-Será mejor acabar con ello de una vez. Los mellizos se sorprendieron al ver a Ralph. Se sonrojaron, sin atreverse a mirarle.
-Ah, ¿eres tú, Ralph? Hola.
 
-Hemos estado en el bosque...
-...cogiendo leña para la hoguera...
-...anoche nos perdimos. Ralph se miró a los pies:
-Os perdisteis después de... Piggy limpió su lente.
-Después de la fiesta -dijo Sam con voz apagada. Eric asintió:
-Sí, después de la fiesta.
-Nosotros nos fuimos muy pronto -se apresuró a decir Piggy-, porque estábamos cansados.
-Nosotros también...
-...muy pronto...
-...estábamos muy cansados.
Sam se llevó la mano a un rasguño en la frente y la retiró en seguida. Eric se tocó el labio cortado.
-Sí, estábamos muy cansados -volvió a decir Sam-, así que nos fuimos pronto. ¿Estuvo bien la...?
El aire estaba cargado de cosas inconfesables que nadie se atrevía a admitir. Sam giró el cuerpo y lanzó la repugnante palabra:
-¿... danza?
El recuerdo de aquella danza, a la que ninguno de ellos había asistido sacudió a los cuatro muchachos como una convulsión.
-Nos fuimos pronto.
Cuando Roger llegó al istmo que unía el Peñón del Castillo a la tierra firme no se sorprendió al oír la voz de alto. Durante la espantosa noche había ya imaginado que encontraría a algunos de la tribu protegiéndose en el lugar más seguro contra los horrores de la isla. La firme voz sonó desde lo alto, donde se balanceaba la pirámide de riscos.
-¡Alto!  ¿Quién va?
-Roger.
-Puedes avanzar, amigo. Roger avanzó.
-Sabías muy bien que era yo.
 
-El jefe nos ha dicho que tenemos que dar el alto a todos.
Roger alzó los ojos.
-Ya me dirás cómo ibas a impedir que pasara.
-Sube y verás.
Roger trepó por el acantilado, con sus salientes a guisa de escalones
-Tú mira esto.
Habían empotrado un tronco bajo la roca más alta y otro bajo aquel haciendo palanca. Robert se apoyó ligeramente en la palanca y la roca rechinó. Un esfuerzo mayor la hubiese lanzado tronando sobre el istmo. Roger se quedó asombrado.
-Menudo Jefe tenemos, ¿verdad? Robert asintió.
-Nos va a llevar de caza.
Indicó con la barbilla en dirección a los lejanos refugios, de donde salía un hilo de humo blanco que trepaba hacia el cielo. Roger, sentado en el borde mismo del acantilado, se volvió para contemplar con aire sombrío la isla, mientras se hurgaba en un diente suelto. Su mirada se posó sobre la cima de la lejana montaña y Robert se apresuró a desviar el silenciado tema.
-Le va a dar una paliza a Wilfred.
-¿Por qué?
Robert movió la cabeza en señal de ignorancia.
-No sé. No ha dicho nada. Se enfadó y nos obligó a atar a Wilfred. Lleva... -lanzó una risita excitada- lleva horas ahí atado, esperando...
-¿Y el Jefe no ha dicho por qué?
-Yo no le he oído nada.
Roger, sentado en las gigantescas rocas, bajo un sol abrasador, recibió aquellas noticias como una revelación. Dejó de tirarse del diente y se quedó quieto, reflexionando sobre las posibilidades de una autoridad irresponsable. Después, sin más palabras, descendió por detrás de las rocas y se dirigió a la caverna para reunirse con el resto de la tribu.
Allí, sentado, estaba el jefe, desnudo hasta la cintura
 
y con la cara pintada de rojo y blanco. Ante él, sentados en semicírculo, estaban los miembros de la tribu. Wilfred, recién azotado y libre de ataduras, gemía ruidosamente al fondo. Roger se sentó con los demás.
-Mañana -continuó el Jefe- iremos otra vez a cazar.
Señaló con la lanza a unos cuantos salvajes.
-Algunos os tenéis que quedar aquí para arreglar bien la cueva y defender la entrada. Yo me iré con unos cuantos cazadores para traer carne. Los centinelas tienen que cuidar que los otros no se metan aquí a escondidas...
Uno de los salvajes levantó la mano y el Jefe volvió hacia él un rostro rígido y pintado.
-¿Por qué iban a querer entrar a escondidas, Jefe? El Jefe habló con seriedad, pero sin precisar:
-Porque sí. Intentarán estropear todo lo que hagamos. Así que los centinelas tienen que andar con cuidado. Y otra cosa...
El Jefe se detuvo. La lengua asomó a sus labios como una lagartija rosada y desapareció bruscamente.
-...y otra cosa; puede que la fiera intente entrar. Ya os acordáis cómo vino arrastrándose...
El semicírculo de muchachos asintió con estremecimientos y murmullos.
-Vino... disfrazado. Y a lo mejor vuelve otra vez, aunque le dejemos la cabeza de nuestra caza para su comida. Así que hay que estar atentos y tener cuidado.
Stanley levantó el brazo que tenía apoyado contra la roca y alzó un dedo inquisitivo.
-¿Sí?
-¿Pero es que no la..., no la...? Se turbó y miró al suelo.
-¡No!
En el silencio que sucedió, cada uno de los salvajes intentó huir de sus propios recuerdos.
-¡No! ¿Cómo íbamos a poder... matarla... nosotros? Con alivio por lo que aquello implicaba, pero asusta-
 
dos por los terrores que les guardaba el futuro, los salvajes murmuraron de nuevo entre sí.
-Así que no os acerquéis a la montaña -dijo el Jefe en tono serio-, y dejadle la cabeza de la presa siempre que cacéis algo.
Sidney volvió a levantar un dedo.
-Yo creo que la fiera se disfrazó.
-Quizá -dijo el Jefe. Se enfrentaban con una especulación teológica-. De todos modos, lo mejor será estar a buenas con ella. Puede ser capaz de cualquier cosa.
La tribu meditó aquellas palabras y todos se agitaron como si les hubiese azotado una ráfaga de viento. El Jefe, al darse cuenta del efecto que habían causado sus palabras, se levantó bruscamente.
-Pero mañana iremos de caza y cuando tengamos carne habrá un banquete... Bill levantó la mano.
-Jefe.
-¿Sí?
-¿Con qué vamos a encender el fuego?
La arcilla blanca y roja escondió el sonrojo del jefe. Ante su vacilante silencio, la tribu dejó escapar un nuevo murmullo. El Jefe alzó la mano.
-Les quitaremos fuego a los otros. Escuchad. Mañana iremos de caza y traeremos carne. Pero esta noche yo iré con dos cazadores... ¿Quién viene conmigo?
Maurice y Roger levantaron los brazos.
-Maurice...
-¿Sí, Jefe?
-¿Dónde tenían la hoguera?
-Donde antes, junto a la roca. El Jefe asintió con la cabeza.
-Los demás os podéis ir a dormir en cuanto se ponga el sol. Pero nosotros tres, Maurice, Roger y yo, tenemos trabajo que hacer. Saldremos justo antes de que anochezca...
Maurice alzó un brazo.
-Pero ¿y si nos encontramos con...?
El Jefe rechazó la objeción con un giro de su brazo.
 
-Iremos por la arena. Y si viene, empezaremos otra vez... con nuestra...
-¿Los tres solos?
Se oyó el zumbido de un murmullo que pronto se desvaneció.
Piggy entregó las gafas a Ralph y esperó hasta recobrar la vista. La leña estaba húmeda; era el tercer intento de encender la hoguera. Ralph se apartó y dijo para sí:
-A ver si no tenemos que pasar otra noche sin hoguera.
Miró con cara de culpa a los tres muchachos junto a él. Era la primera vez que admitía la doble función de la hoguera. Lo primero, indudablemente, era enviar al espacio una columna de humo mensajero; pero también servía de hogar en momentos como aquéllos y de alivio hasta que el sueño les acogiese. Eric sopló tenazmente hasta lograr que la leña brillase y de ella se desprendiese una pequeña llama. Una onda blanca y amarilla humeó hacia lo alto. Piggy recuperó sus gafas y contempló con agrado el humo.
-¡Si pudiésemos construir un aparato de radio!
-O un avión...
-... o un barco...
Ralph sondeó en sus ya borrosos recuerdos del mundo.
-A lo mejor caemos prisioneros de los rojos. Eric se echó la melena hacia atrás.
-Serían mejores que...
Pero no quería dar nombres y Sam terminó la frase señalando con la cabeza en dirección a la playa.
Ralph recordó la torpe figura pendiente del para-caídas.
-Dijo algo acerca de un muerto... -afligido por aquella confesión de complicidad en la danza, se sonrojó. Con expresivos movimientos de su cuerpo se dirigió al humo:
-No te pares...  ¡sigue hacia arriba!
-Ese humo se acaba.
-Necesitamos más leña, aunque esté mojada.
 
-Mi asma...
La respuesta fue automática:
-¡Al diablo con tu asma!
-Es que me da un ataque si arrastro leños. Ojalá no me pasase, Ralph, pero qué quieres que le haga yo.
Los tres muchachos se adentraron en el bosque y regresaron con brazadas de leña podrida. De nuevo se alzó el humo, espeso y amarillo.
-Vamos a buscar algo de comer.
Fueron juntos a los frutales: llevaban sus lanzas; hablaron poco, comieron apresuradamente. Cuando regresaron del bosque el sol estaba a punto ya de ponerse y en la hoguera sólo brillaban rescoldos, sin humo alguno.
-No puedo traer más leña -dijo Eric-. Estoy rendido.
Ralph tosió:
-Allá arriba logramos mantener la hoguera.
-Pero era muy pequeña. Esta tiene que ser grande. Ralph arrojó un leño al fuego y observó el humo que se alejaba hacia el crepúsculo.
-Tenemos que mantenerla encendida. Eric se tiró al suelo.
-Estoy demasiado cansado. Y además, ¿de qué nos va a servir?
-¡Eric! -gritó Ralph con voz escandalizada-. ¡No hables así!
Sam se arrodilló al lado de Eric.
-Bueno, ya me dirás para qué sirve.
Ralph, indignado, trató de recordarlo él mismo. La hoguera tenía su importancia, era tremendamente importante...
-Ya te lo ha dicho Ralph mil veces -dijo Piggy contrariado-. ¿Cómo nos van a rescatar si no?
-¡Pues claro! Si no hacemos fuego...
Se agachó al lado de ellos, en la creciente oscuridad.
-¿Es que no lo entendéis? ¿Para qué sirve pensar en radios y barcos?
Extendió el brazo y apretó el puño.
-Sólo podemos hacer una cosa para salir de este lío.
 
Cualquiera puede jugar a la caza, cualquiera puede traernos carne...
Pasó la vista de un rostro a otro. Pero en el momento de mayor ardor y convicción la cortinilla volvió a cubrir su mente y olvidó lo que había intentado expresar. Se arrodilló, con los puños cerrados y dirigió una mirada solemne primero a un muchacho, después al otro. Por fin, se levantó la cortinilla:
-Eso es. Tenemos que tener humo; y más humo...
-¡Pero si no podemos!  ¡Tú mira eso! La hoguera moría ante ellos.
-Dos se ocuparán de la hoguera -dijo Ralph, más para sí que para los otros- ...eso supone doce horas al día.
-No podemos traer más leña, Ralph...
-... de noche, no...
-...  en la oscuridad, no...
-Podemos encenderla todas las mañanas -dijo Piggy-. Nadie va a ver humo en la oscuridad. Sam asintió enérgicamente.
-Era distinto cuando el fuego estaba...
-... allá arriba.
Ralph se levantó con una curiosa sensación de falta de defensa ante la creciente oscuridad.
-De acuerdo, dejaremos que se apague la hoguera esta noche.
Se encaminó, con los demás detrás, hacia el primer refugio, que aún se mantenía en pie, aunque bastante dañado. Dentro se hallaban los lechos de hojas, secas y ruidosas al tacto. En el refugio vecino, uno de los pequeños hablaba en sueños. Los cuatro mayores se deslizaron dentro del refugio y se acurrucaron bajo las hojas. Los mellizos se acomodaron uno junto al otro y Ralph y Piggy se tumbaron en el otro extremo. Durante algún tiempo se oyó el continuo crujir y susurrar de hojas mientras los muchachos buscaban la postura más cómoda.
-Piggy-
-¿Qué?
 
-¿Estás bien?
-Supongo.
Por fin reinó el silencio en el refugio, salvo algún ocasional susurro. Frente a ellos colgaba un cuadro de oscuridad realzado con brillantes lentejuelas; del arrecife llegaba el bronco sonido de las olas. Ralph se entregó a su juego nocturno de suposiciones:
«Si nos llevasen a casa en jet, aterrizaríamos en el enorme aeropuerto de Wiltshire antes de amanecer. Iríamos en auto, no, para que todo sea perfecto, iríamos en tren, hasta Devon y alquilaríamos aquella casa otra vez. Allí, al fondo del jardín, vendrían los potros salvajes a asomarse por la valla...»
Ralph se movía inquieto entre las hojas. Dartmoon era un lugar solitario, con potros salvajes. Pero el atractivo de lo salvaje se había disipado.
Su imaginación giró hacia otro pensamiento, el de una ciudad civilizada, donde lo salvaje no podría existir. ¿Qué lugar ofrecía tanta seguridad como la central de autobuses con sus luces y ruedas?
Sin saber cómo, se encontró bailando alrededor de un farol. Un autobús se deslizaba abandonando la estación, un autobús extraño...
-¡Ralph!  ¡Ralph!
-¿Qué pasa?
-No hagas ese ruido...
-Lo siento.
De la oscuridad del otro extremo del refugio llegó un lamento de terror, y en su pánico hicieron crujir las hojas. Samyeric, enlazados en un abrazo, luchaban uno contra el otro.
-¡Sam!  ¡Sam!
-¡Eh... Eric!
Renació el silencio.
Piggy dijo en voz baja a Ralph:
-Tenemos que salir de esto.
-¿Qué quieres decir?
-Que tienen que rescatarnos.
 
Por primera vez aquel día, y a pesar del acecho de la oscuridad, Ralph pudo reír.
-En serio -murmuró Piggy-. Si no volvemos pronto a casa nos vamos a volver chiflados.
-Como chivas.
-Chalados.
-Tarumbas.
Ralph se apartó de los ojos los rizos húmedos.
-¿Por qué no escribes una carta a tu tía? Piggy lo pensó seriamente.
-No sé dónde estará ahora. Y no tengo sobre ni sello. Y no hay ningún buzón. Ni cartero.
El resultado de su broma excitó a Ralph. Le dominó la risa; su cuerpo se estremecía y saltaba.
Piggy amonestó en tono solemne:
-No es para tanto...
Ralph siguió riendo, aunque ya !„ dolía el pecho. Su risa le agotó; quedó rendido y con la respiración entrecortada, en espera de un nuevo espasmo. Durante uno de aquellos intervalos, el sueño le sorprendió.
-... ¡Ralph! Ya estás haciendo ese ruido otra vez. Por favor, Ralph, cállate... porque...
Ralph se removió entre las hojas. Tenía razones para agradecer la interrupción de su pesadilla, pues el autobús se aproximaba más y más y se le veía ya muy cerca.
-¿Por qué has dicho «porque»...?
-Calla...  y escucha.
Ralph se echó con cuidado, provocando un largo susurro de las hojas. Eric gimoteó algo y se quedó quieto. La oscuridad era espesa como un manto, salvo por el inútil cuadro que contenía las estrellas.
-No oigo nada.
-Algo se mueve ahí afuera.
Ralph sintió un cosquilleo en su cabeza; el ruido de su sangre ahogaba todo otro sonido; después se apaciguó.
-Sigo sin oír nada.
-Tú escucha. Escucha un rato.
A poco más de un metro, a espaldas del refugio, se
 
oyó el claro e indudable chasquido de un palo al quebrarse. La sangre volvió a palpitar en los oídos de Ralph; confusas imágenes se perseguían una a otra en su mente. Y algo que participaba de todas aquellas imágenes les acechaba desde el exterior. Sintió la cabeza de Piggy contra su hombro y el crispado apretón de su mano.
-¡Ralph! ¡Ralph!
-Calla y escucha.
Con desesperación, rezó Ralph para que la fiera escogiese a alguno de los pequeños. Se oyó afuera una voz aterradora que murmuraba:
-Piggy... Piggy.--
-¡Ya está aquí! -dijo Piggy sin aliento- ¡Era verdad!
Se asió a Ralph e intentó recobrar el aliento.
-Piggy, sal afuera. Te busco a ti, Piggy. Ralph apretó la boca junto al oído de Piggy:
-No digas nada.
-Piggy..., ¿dónde estás, Piggy?
Algo rozó contra la pared del refugio. Piggy se mantuvo inmóvil durante unos instantes, después vino el ataque de asma. Dobló la espalda y pataleó las hojas. Ralph rodó para apartarse.
En la entrada del refugio se oyó un gruñido salvaje y siguió la invasión de una masa viva y móvil. Alguien cayó sobre el rincón de Ralph y Piggy, que se convirtió en un caos de gruñidos, golpes y patadas. Ralph pegó y al hacerlo se vio entrelazado con lo que parecía una docena de cuerpos que rodaban por el suelo con él, cambiando golpes, mordiscos y arañazos. Sacudido y lleno de rasguños, encontró unos dedos junto a su boca y mordió con todas sus fuerzas. Un puño retrocedió y volvió como un pistón sobre Ralph, que sintió explotar el refugio en un estallido de luz. Ralph se desvió hacia un lado y cayó sobre un cuerpo que se retorció bajo él; sintió junto a sus mejillas un aliento ardiente. Golpeó aquella boca como si su puño fuese un martillo; sus golpes eran más coléricos, más histéricos a medida que aquel rostro se volvía más resbaladizo. Cayó hacia un lado cuando una
 
rodilla se clavó entre sus piernas; el dolor le sobrecogió y le obligó a abandonar la pelea, que continuó en torno suyo. En aquel momento el refugio se derrumbó con apresiva resolución y las anónimas figuras se apresuraron a buscar una salida. Oscuros personajes fueron levantándose entre las ruinas y huyeron; por fin, pudieron oírse de nuevo los gritos de los pequeños y los ahogos de
Piggy-Con voz trémula ordenó Ralph:
-Vosotros, los peques, volved a acostaros. Ha sido una pelea con los otros. Ahora iros a dormir. Samyeric se acercaron a ver a Ralph.
-¿Estáis los dos bien?
-Supongo...
-... a mí me dieron una buena paliza.
-Y a mí. ¿Qué tal está Piggy?
Sacaron a Piggy de las ruinas y le apoyaron contra un árbol. La noche había refrescado y se hallaba libre de nuevos terrores. La respiración de Piggy era algo más pausada.
-¿Te hicieron daño, Piggy?
-No mucho.
-Eran Jack y sus cazadores -dijo Ralph con amargura-. ¿Por qué no nos dejarán en paz?
-Les dimos un buen escarmiento -dijo Sam. La sinceridad le obligó a añadir:
-Por lo menos tú sí que se lo diste. Yo me hice un lío con mi propia sombra en un rincón.
-A uno de ellos le hice ver las estrellas -dijo Ralph-. Le hice pedazos. No tendrá ganas de volver a pelear con nosotros en mucho tiempo.
-Yo también -dijo Eric-. Cuando me desperté, uno me estaba dando patadas en la cara. Creo que estoy sangrando por toda la cara, Ralph. Pero al final salí ganando yo.
-¿Qué le hiciste?
-Levanté la rodilla -dijo Eric con sencillo orgullo- y le di en las pelotas. ¡Si le oís gritar! Ese tampoco va a
 
volver en un buen rato. Así que no lo hicimos mal del todo.
Ralph hizo un brusco movimiento en la oscuridad; pero oyó a Eric hacer ruido con la boca.
-¿Qué te pasa?
-Es sólo un diente que se me ha soltado. Piggy dobló las piernas.
-¿Estás bien, Piggy?
-Creí que venían por la caracola.
Ralph bajó corriendo por la pálida playa y saltó a la plataforma. La caracola seguía brillando junto al asiento del jefe. Se quedó observándola unos instantes y después volvió al lado de Piggy.
-Sigue ahí.
-Ya lo sé. No vinieron por la caracola. Vinieron por otra cosa. Ralph... ¿qué voy a hacer?
Lejos ya, siguiendo la línea arqueada de la playa, corrían tres figuras en dirección al Peñón del Castillo. Se mantenían junto al agua, tan alejados del bosque como podían. De vez en cuando cantaban a media voz; y otras veces se paraban a dar volteretas junto a la móvil línea fosforescente del agua. Iba delante el jefe, que corría con pasos ligeros y firmes, exultante por su triunfo. Ahora sí era verdaderamente un jefe, y con su lanza apuñaló el aire una y otra vez. En su mano izquierda bailaban las gafas rotas de Piggy.


William Golding

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