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11. El peñón del castillo.

En el breve frescor del alba, los cuatro muchachos se agruparon en torno al negro tizón que señalaba el lugar de la hoguera, mientras Ralph se arrodillaba y soplaba. Cenizas grises y ligeras como plumas saltaban de un lado a otro impelidas por su aliento, pero no brilló entre ellas ninguna chispa. Los mellizos miraban con ansiedad y Piggy se había sentado, sin expresión alguna, detrás del muro luminoso de su miopía. Ralph siguió soplando hasta que los oídos le zumbaron por el esfuerzo, pero entonces la primera brisa de la madrugada vino a relevarle y le cegó con cenizas. Retrocedió, lanzó una palabrota y se frotó los ojos húmedos.
-Es inútil.
Eric le observó a través de una máscara de sangre seca. Piggy fijó su mirada hacia el lugar donde adivinaba la figura de Ralph.
-Pues claro que es inútil, Ralph. Ahora ya no tenemos ninguna hoguera. Ralph acercó su cara a poco más de medio metro de la de Piggy.
-¿Puedes verme?
 
-Un poco.
Ralph dejó que la hinchazón de su mejilla volviera a cubrir el ojo.
-Se han llevado nuestro fuego. La ira elevó su voz en un grito:
-¡Nos lo han robado!
-Así son ellos -dijo Piggy-. Me han dejado ciego, ¿te das cuenta? Así es Jack Merridew. Convoca una asamblea, Ralph, tenemos que decidir lo que vamos a hacer.
-¿Una asamblea con los pocos que somos?
-Es lo único que nos queda. Sam... deja que me apoye en ti.
Se dirigieron a la plataforma.
-Suena la caracola -dijo Piggy-. Sóplala con todas tus fuerzas.
Resonó el bosque entero; los pájaros se elevaron y las copas de los árboles se llenaron de sus chirridos, como en aquella primera mañana que parecía ya siglos atrás. La playa estaba desierta a ambos lados, pero de los refugios salieron unos cuantos peques. Ralph se sentó en el pulido tronco y los otros tres se quedaron en pie, frente a él. Hizo una señal con la cabeza y Samyeric se sentaron a su derecha. Ralph pasó a Piggy la caracola. Con gran cuidado sostuvo el brillante objeto y guiñó los párpados en dirección a Ralph.
-Bueno, empieza.
-He cogido la caracola para deciros esto: no puedo ver nada y esos me tienen que devolver mis gafas. Se han hecho cosas horribles en esta isla. Yo te voté a ti para jefe. Es el único que sabía lo que hacía. Así que habla tú ahora, Ralph, y dinos lo que tenemos que hacer... O si no...
Los sollozos obligaron a Piggy a callar. Ralph tomó de sus manos la caracola al tiempo que se sentaba.
-Encender una hoguera común y corriente. No parece una cosa muy difícil, ¿verdad? Sólo una señal de humo para que nos rescaten. ¿Es que somos salvajes o qué? Ahora ya no tenemos ninguna señal. Y a lo
 
mejor ahora mismo, está pasando algún barco cerca. ¿Os acordáis cuando salimos a cazar y la hoguera se apagó y pasó un barco? Y todos piensan que él sería el mejor jefe. Y luego lo de, lo de... eso también fue culpa suya. Si no es por él nunca hubiese pasado. Y ahora Piggy no puede ver. Vinieron a escondidas -Ralph elevó la voz-, de noche, en la oscuridad, y nos robaron el fuego. Lo robaron. Les habríamos dado un poco de fuego si nos lo piden. Pero tuvieron que robarlo y ya no tenemos ninguna señal y no nos van a rescatar jamás. ¿Os dais cuenta de lo que digo? Nosotros les hubiésemos dado para que también tuviesen fuego, pero tenían que robarlo. Yo...
La cortinilla volvió a desplegarse en su mente y se detuvo, aturdido.
Piggy tendió la mano hacia la caracola.
-¿Qué piensas hacer, Ralph? Estamos venga a hablar sin decidir nada. Quiero mis gafas.
-Estoy tratando de pensar. Supón que fuésemos con nuestro aspecto de antes: limpios y peinados... Después de todo, la verdad es que no somos salvajes y lo del rescate no es ningún juego...
Entreabrió el ojo oculto por la inflamada mejilla y miró a los mellizos.
-Podíamos adecentarnos un poco y luego ir...
-Debíamos llevar las lanzas -dijo Sam-, y Piggy también.
-... porque podemos necesitarlas.
-¡Tú no tienes la caracola! Piggy mostró en alto la caracola.
-Podéis llevar las lanzas si queréis, pero yo no pienso hacerlo. ¿Para qué me sirve? De todas formas me vais a tener que llevar como a un perro. Eso es, reíros. Venga. Hay gente en esta isla que se parte de risa por todo. ¿Y qué es lo que ha pasado? ¿Qué van a pensar los mayores? Han asesinado a Simón. Y ese otro crío, el de la cara marcada. ¿Quién le ha visto desde que llegamos aquí?
-¡Piggy! ¡Calla un momento!
 
-Tengo la caracola. Voy a buscar a ese Jack Merridew y decirle un par de cosas, eso es lo que voy a hacer.
-Te van a hacer daño.
-Ya me han hecho todo lo que podían hacerme. Le voy a decir un par de cosas. Deja que yo lleve la caracola, Ralph. Le voy a enseñar la única cosa que no ha cogido.
Piggy se calló por un momento y miró a las difusas figuras en torno suyo. La sombra de las antiguas asambleas, pisoteada sobre la hierba, le escuchaba.
-Voy a ir con esta caracola en las manos y voy a hacer que la vean todos. Oye, le voy a decir, eres más fuerte que yo y no tienes asma. Puedes ver, le voy a decir, y con los dos ojos. Pero no te voy a pedir que me devuelvas mis gafas, no te lo voy a pedir como un favor. No te estoy pidiendo que te portes como un hombre, le diré, no porque seas más fuerte que yo, sino porque lo que es justo es justo. Dame mis gafas, le voy a decir... ¡tienes que dármelas!
Terminó, acalorado y tembloroso. Puso la caracola rápidamente en manos de Ralph como si tuviese prisa por deshacerse de ella y se secó las lágrimas. La verde luz que les rodeaba era muy suave y la caracola reposaba a los pies de Ralph frágil y blanca. Una gota escapada de los dedos de Piggy brillaba ahora como una estrella sobre la delicada curva.
Ralph se irguió por fin en su asiento y se echó el pelo hacia atrás.
-Está bien. Quiero decir que..., que lo intentes si quieres. Iremos todos contigo.
-Estará pintarrajeado -dijo Sam tímidamente-, ya sabéis cómo va a estar...
-... no nos va a hacer ni pizca de caso...
-... y si se enfada, estamos listos... Ralph miró enfadado a Sam. Recordó vagamente algo que Simón le había dicho una vez junto a las rocas.
-No seas idiota -dijo, y luego añadió de prisa-: Vamos.
 
Tendió la caracola a Piggy, cuyo rostro se encendió, pero aquella vez de orgullo.
-Tienes que ser tú quien la lleve.
-La llevaré cuando estemos listos...
Piggy buscó en su cabeza palabras que expresasen a los demás su deseo apasionado de llevar la caracola frente a cualquier riesgo.
-... no me importa. Lo haré encantado, Ralph, pero me tendréis que llevar de la mano.
Ralph puso la caracola sobre el brillante tronco.
-Será mejor que comamos algo y nos preparemos.
Se abrieron camino hasta los arrasados frutales. Ayudaron a Piggy a alcanzar fruta y él mismo pudo recoger alguna al tacto. Mientras comían, Ralph pensó en aquella tarde.
-Volveremos a ser como antes. Nos lavaremos... Sam tragó lo que tenía en la boca y protestó:
-¡Pero si nos bañamos todos los días! Ralph contempló las andrajosas figuras que tenía delante y suspiró.
-Nos debíamos peinar, pero tenemos el pelo demasiado largo.
-Yo tengo mis dos calcetines guardados en el refugio -dijo Eric-. Nos los podíamos poner en la cabeza como si fuesen gorras o algo así.
-Podíamos buscar algo -dijo Piggy- para que os atéis el pelo por detrás.
-¡Como si fuésemos chicas!
-No. Tienes razón.
-Entonces vamos a tener que ir tal como estamos -dijo Ralph-; pero ellos no van tener mejor pinta que nosotros.
Eric hizo un gesto que les obligó a recapacitar.
-¡Pero estarán todos pintados! Ya sabes lo que eso te hace...
Los otros asintieron. Sabían demasiado bien que la pintura encubridora daba rienda suelta a los actos más salvajes.
 
-Pues  nosotros  no  nos  vamos  a  pintar  -dijo Ralph-, porque no somos salvajes. Samyeric se miraron uno al otro.
-De todos modos... Ralph gritó:
-¡Nada de pintarse!
Hizo un esfuerzo por recordar.
-El humo -dijo-, el humo es lo que nos interesa. Se volvió enérgicamente hacia los mellizos.
- ¡He dicho humo! Necesitamos humo.
Hubo un silencio casi total, sólo quebrado por el bordoneo gregario de las abejas. Por último, habló Piggy, afablemente:
-Pues claro. Lo necesitamos porque es una señal y sin humo no nos van a rescatar.
-¡Eso ya lo sabía yo! -gritó Ralph apartando su brazo de Piggy- ¿O es que intentas decir que...?
-Sólo repetía lo que tú nos dices siempre -se apresuró a decir Piggy-. Pensé que por un momento..
-Pues te equivocas -dijo Ralph elevando la voz-. Lo sabía muy bien. No lo había olvidado. Piggy asintió con ánimo de aplacarle.
-Tú eres el jefe, Ralph. Tú siempre te acuerdas de todo.
-No lo había olvidado.
-Pues claro que no.
Los mellizos observaban a Ralph con interés, como si le viesen entonces por vez primera.
Emprendieron la marcha por la playa. Ralph abría la formación, cojeando un poco, con la lanza al hombro. Veía las cosas medio cubiertas por el temblor de la bruma, creada por el calor de la arena centelleante, y por su melena y las heridas. Los mellizos caminaban tras él, con cierta preocupación en aquellos momentos, pero rebosantes de inagotable vitalidad; hablaban poco y llevaban a rastras las lanzas, porque Piggy se había dado cuenta de que podía verlas moverse sobre la arena si miraba hacia abajo y protegía del sol sus ojos cansados. Marchaba,
 
pues, entre los dos palos, con la caracola cuidadosamente protegida con ambas manos. Avanzaban por la playa en grupo compacto, acompañados de cuatro sombras como láminas que bailaban y se entremezclaban bajo ellos. No quedaba señal alguna de la tormenta y la playa relucía como la hoja de una navaja recién afilada. El cielo y la montaña se encontraban a enorme distancia, vibrando en medio del calor; por espejismo, el arrecife flotaba en el aire, en una especie de laguna plateada, a media distancia del cielo.
Atravesaron el lugar donde la tribu había celebrado su danza. Los palos carbonizados seguían sobre las rocas, allí donde la lluvia los había apagado, pero al borde del agua la arena había recobrado su uniforme superficie. Pasaron aquel lugar en silencio. No dudaban que encontrarían a la tribu en el Peñón del Castillo, y cuando este apareció ante ellos se detuvieron todos a la vez. A su izquierda se encontraba la espesura más densa de toda la isla, una masa de tallos entrelazados, negra, verde, impenetrable; y frente a ellos se mecía la alta hierba de una pradera. Ralph dio unos pasos hacia delante.
Allí estaba la aplastada hierba donde iodos habían descansado mientras él fue a explorar. Y también el istmo de tierra y el saliente que rodeaba el peñón; y allí, en lo alto, estaban los rojizos pináculos.
-Sam le tocó el brazo.
-Humo.
Una leve señal de humo vacilaba en el aire al otro lado del peñón.
-Vaya un fuego..., por lo menos no lo parece. Ralph se volvió.
-¿Y por qué nos escondemos?
Atravesó la pantalla de hierba hasta llegar al pequeño descampado que conducía a la estrecha lengua de tierra.
-Vosotros dos seguid detrás. Yo iré en cabeza, y a un paso de mí, Piggy. Tened las lanzas preparadas.
Piggy miró con ansiedad el luminoso velo que colgaba entre él y el mundo.
 
-¿No será peligroso? ¿No hay un acantilado? Oigo el ruido del mar.
-Tú camina pegado a mí.
Ralph llegó al istmo. Dio con el pie a una piedra que rodó hasta el agua. En aquel momento el mar aspiró y dejó al descubierto un cuadrado rojo, tapizado de algas, a menos de quince metros del brazo izquierdo de Ralph.
-¿No me pasará nada? -dijo Piggy tembloroso-, me siento muy mal...
Desde lo alto de los pináculos llegó un grito repentino, y tras él la imitación de un grito de guerra al cual contestaron una docena de voces tras el peñón.
-Dame la caracola y quédate quieto.
-¡Alto! ¿Quién va?
Ralph echó la cabeza hacia atrás y pudo adivinar el oscuro rostro de Roger en la cima.
-¡Sabes muy bien quién soy! -gritó- ¡Deja de hacer tonterías!
Se llevó la caracola a los labios y empezó a sonarla. Aparecieron unos cuantos salvajes, que comenzaron a bajar por el saliente en dirección al istmo; sus rostros pintarrajeados les hacían irreconocibles. Llevaban lanzas y se preparaban para defender la entrada. Ralph siguió tocando, sin hacer caso del terror de Piggy.
-Andad con cuidado..., ¿me oís? -gritaba Roger.
Ralph apartó por fin los labios de la caracola y se paró a recobrar el aliento. Sus primeras palabras fueron un sonido entrecortado pero perceptible.
-...a convocar una asamblea.
Los salvajes que guardaban el istmo murmuraron entre sí sin moverse. Ralph dio unos cuantos pasos hacia delante. A sus espaldas susurró una voz con urgencia:
-No me dejes solo, Ralph.
-Arrodíllate -dijo Ralph de lado- y espera hasta que yo vuelva.
Se detuvo en el centro del istmo y miró de frente a los salvajes. Gracias a la libertad que la pintura les concedía, se habían atado el pelo por detrás y estaban mucho más cómodos que él. Ralph se prometió a sí mismo atarse
 
el pelo de la misma manera cuando regresase. En realidad sentía deseos de decirles que esperasen un momento y atárselo allí mismo, pero eso era imposible. Los salvajes prorrumpieron en burlonas risitas durante unos instantes, y uno de ellos señaló a Ralph con su lanza. Roger se inclinó desde lo alto para ver lo que ocurría, después de apartar su mano de la palanca. Los muchachos que aguardaban en el istmo parecían estar dentro de un charco formado por sus propias sombras, del que sólo sobresalían las greñas de las cabezas. Piggy seguía agachado; su espalda era algo tan informe como un saco.
-Voy a reunir la asamblea.
Silencio.
Roger cogió una piedra pequeña y la arrojó entre los mellizos con intención de fallar. Ambos se estremecieron y Sam estuvo a punto de caer a tierra. Una extraña sensación de poder empezaba a latir en el cuerpo de Roger.
Ralph habló de nuevo, elevando la voz:
-Voy a reunir la asamblea.
Les recorrió a todos con la mirada.
-¿Dónde está Jack?
Los muchachos se agitaron y consultaron entre sí. Un rostro pintado habló con la voz de Robert.
-Está cazando. Y ha dicho que no os dejemos entrar.
-He venido por lo del fuego -dijo Ralph- y por lo de las gafas de Piggy.
Los que formaban el grupo frente a él se agitaron como una masa flotante, y sus risas ligeras y excitadas resonaron entre las altas rocas y fueron devueltas por estas.
Una voz habló a espaldas de Ralph.
-¿Qué quieres?
Los mellizos saltaron al otro lado de Ralph y quedaron entre él y la entrada. Ralph se volvió rápidamente. Jack, reconocible por la fuerza de su personalidad y la melena roja, venía del bosque. A cada lado de él se arrodillaba un cazador. Los tres se escondían tras las máscaras negras y verdes de pintura. En la hierba, detrás de ellos, habían depositado el cuerpo ventrudo y decapitado de una jabalina.
 
Piggy gimió:
-¡Ralph!  ¡No me dejes solo!
Abrazó la roca con grotesco cuidado, apretándose contra ella, de espaldas al mar y a su ruido de succión. Las risas de los salvajes se convirtieron en abierta burla.
Jack gritó por encima de aquel ruido:
-Ya te puedes largar, Ralph. Tú quédate en tu lado de la isla. Éste es mi lado y esta es mi tribu. Así que déjame en paz.
Las burlas se desvanecieron.
-Birlaste las gafas de Piggy -dijo Ralph excitado- y tienes que devolverlas.
-¿Ah sí? ¿Y quién lo dice? Ralph se volvió a él con violencia.
-¡Lo digo yo! Para eso me votasteis como jefe, ¿Es que no has oído la caracola? Fue un jugada sucia..., te habríamos dado fuego si lo hubieras pedido...
La sangre le acudió a las mejillas y su ojo lastimado le parecía a punto de estallar.
-Podías haber pedido fuego cuando quisieras, pero no: tuviste que venir a escondidas, como un ladrón, a robarle a Piggy sus gafas.
-¡Di eso otra vez!
-¡Ladrón! ¡Ladrón! Piggy chilló:
-¡Ralph! ¡Que estoy aquí!
Jack se lanzó contra Ralph y estuvo a punto de clavarle en el pecho su lanza. Ralph adivinó la dirección del arma por la posición del brazo de Jack y pudo esquivarla con el mango de su propia lanza. Después dio vuelta a su lanza y asestó a Jack un golpe cortante en la oreja. Cuerpo a cuerpo, respiraban fuertemente, se empujaban y devoraban con la mirada.
-¿A quién has llamado ladrón?
-¡A ti!
Jack se libró y blandió la lanza contra Ralph. Ambos usaban ahora las lanzas como sables, sin atreverse a emplear las mortales puntas. El golpe se deslizó por la lanza de Ralph hasta llegar dolorosamente a sus dedos. Estaban
 
de nuevo separados en posiciones invertidas: Jack del lado del Peñón del Castillo y Ralph hacia la isla. Ambos respiraban aguadamente.
-Vamos, atrévete...
-Atrévete tú...
Se enfrentaban ferozmente, pero se mantenían a una distancia discreta.
-¡Tú atrévete y verás!
-¡Tú atrévete...!
Piggy, pegado al suelo, intentaba llamar la atención de Ralph. Ralph se acercó e inclinó, sin apartar de Jack la mirada.
-Ralph... acuérdate a lo que vinimos. El fuego. Mis gafas.
Ralph asintió. Aflojó sus tensos músculos, se calmó y clavó en el suelo el mango de la lanza. Jack le miraba herméticamente a través de su pintura. Ralph alzó la vista hacia los pináculos, después la volvió al grupo de salvajes.
-Escuchadme. Os voy a decir a lo que hemos venido. Primero, tenéis que devolver las gafas de Piggy. No puede ver sin ellas. Así no se juega...
La tribu de salvajes pintados se agitó en risas y la mente de Ralph vaciló. Se echó el pelo hacia atrás y contempló la máscara verde y negra frente a él, intentando recordar el verdadero aspecto de Jack.
Piggy murmuró:
-Y lo del fuego.
-Ah, sí. En cuanto a lo del fuego, lo vuelvo a decir. Y llevo repitiéndolo desde que caímos en la isla. Alzó su lanza y señaló a los salvajes.
-La única esperanza es mantener una hoguera de señal para que se vea mientras haya luz. Así puede que un barco vea el humo y venga a rescatarnos y llevarnos a casa. Pero sin ese humo vamos a tener que esperar hasta que se acerque un barco por casualidad. Podríamos pasarnos años esperando; hasta hacernos viejos...
La risa trémula, cristalina e irreal de los salvajes regó
 
el aire y se desvaneció en la lejanía. Una ráfaga de ira sacudió a Ralph. Su voz se quebró.
-¿Es que no lo entendéis, imbéciles pintarrajeados? Nosotros cuatro -Sam, Eric, Piggy y yo- no somos bastantes. Tratamos de mantener viva la hoguera, pero no pudimos. Y vosotros aquí no hacéis más que jugar a la caza...
Señaló el lugar, detrás de ellos, donde el hilo de humo se dispersaba en una atmósfera de nácar.
-¡Mirad eso! ¿A eso le llamáis una hoguera de señal? Eso es una fogata para cocinar. Y ahora comeréis y ya no habrá humo. ¿Es que no lo entendéis? Puede que haya un barco allá fuera...
Calló, vencido por el silencio y la disfrazada anonimidad del grupo que defendía la entrada. El Jefe abrió una boca sonrosada y se dirigió a Sam y Eric, que estaban entre él y su tribu.
-Vosotros dos. Echaos hacia atrás.
Nadie le respondió. Los mellizos, asombrados, se miraron uno al otro, mientras Piggy, tranquilizado por el cese de la violencia, se levantaba con precaución. Jack miró a Ralph y después a los mellizos.
-¡Cogedles!
Nadie se movió. Jack gritó enfurecido:
-¡He dicho que les cojáis!
El grupo enmascarado se movió nerviosamente y rodeó a Samyeric. De nuevo corrió la cristalina risa.
Las protestas de Samyeric brotaron del corazón del mundo civilizado.
-¡Por favor!
-¡...en serio!
Les quitaron las lanzas.
-¡Atadles!
Ralph gritó, consternado, a la negra y verde máscara:
-¡Jack!
-Vamos, atadles.
El grupo de enmascarados sintió por vez primera la realidad física ajena de Samyeric, y el poder que ahora tenían. Excitados y en confusión derribaron a los mellizos. Jack estaba inspirado. Sabía que Ralph intentaría rescatarles. Giró en un círculo sibilante la lanza y Ralph tuvo el tiempo justo para esquivar el golpe. Detrás de ellos, la tribu y los mellizos eran un montón agitado y ruidoso. Piggy se agazapó de nuevo. Momentos después, los mellizos estaban en el suelo, atónitos, rodeados por la tribu. Jack se volvió hacia Ralph y le dijo entre dientes:
-¿Ves? Hacen lo que yo les ordeno.
De nuevo se hizo el silencio. Los mellizos se hallaban en el suelo, atados burdamente, y la tribu observaba a Ralph, en espera de su reacción.
Les contó a través de su melena y lanzó una mirada al estéril humo. Su cólera estalló. Gritó a Jack:
-¡Eres una bestia, un cerdo y un maldito... un maldito ladrón!
Se abalanzó.
Jack comprendió que era el momento crítico e hizo lo mismo. Chocaron uno contra el otro y el propio choque los separó. Jack lanzó un puñetazo a Ralph que le llegó a la oreja. Ralph alcanzó a Jack en el estómago y le hizo gemir. De nuevo quedaron cara a cara, jadeantes y furiosos, pero sin impresionarse por la ferocidad del contrario. Advirtieron el ruido que servía de fondo a la pelea, los vítores agudos y constantes de la tribu a sus espaldas.
La voz de Piggy llegó hasta Ralph.
-Deja que yo hable.
Estaba de pie, en medio del polvo desencadenado por la lucha, y cuando la tribu advirtió su intención los vítores se transformaron en un prolongado abucheo.
Piggy alzó la caracola; el abucheo cedió un poco para surgir después con más fuerza.
-¡Tengo la caracola! Volvió a gritar:
-¡Os digo que tengo la caracola!
Sorprendentemente, se hizo el silencio esta vez; la tribu sentía curiosidad por oír las divertidas cosas que diría.
Silencio y pausa; pero en el silencio, un extraño ruido, como de aire silbante, se produjo cerca de la cabeza de
 
Ralph. Le prestó atención a medias, pero volvió a oírse. Era un ligero «zup». Alguien arrojaba piedras; era Roger, que aún tenía una mano sobre la palanca. A sus pies, Ralph no era más que un montón de pelos y Piggy un saco de grasa.
-Esto es lo que quiero deciros, que os estáis comportando como una pandilla de críos.
Volvieron a abuchearle y a guardar silencio cuando Piggy alzó la blanca y mágica caracola.
-¿Qué es mejor, ser una panda de negros pintarrajeados como vosotros o tener sentido común como Ralph?
Se alzó un gran clamor entre los salvajes. De nuevo gritó Piggy:
-¿Qué es mejor, tener reglas y estar todos de acuerdo o cazar y matar?
De nuevo el clamor y de nuevo: «¡Zup!». Ralph trató de hacerse oír entre el alboroto.
-¿Qué es mejor, la ley y el rescate o cazar y destrozarlo todo?
Ahora también Jack gritaba y ya no se podían oír las palabras de Ralph. Jack había retrocedido hasta reunirse con la tribu y constituían una masa compacta, amenazadora, con sus lanzas erizadas. Empezaba a atraerles la idea de atacar; se prepararon, decididos a llevarlo a cabo y despejar así el istmo. Ralph se encontraba frente a ellos, ligeramente desviado a un lado y con la lanza preparada. Junto a él estaba Piggy, siempre en sus manos el talismán, la frágil y refulgente belleza de la caracola. La tormenta de ruido les alcanzó como un conjuro de odio. Roger, en lo alto, apoyó todo su peso sobre la palanca, con delirante abandono.
Ralph oyó la enorme roca mucho antes de verla. Sintió el temblor de la tierra a través de las plantas de los pies y oyó el ruido de las piedras quebrándose sobre el acantilado. Entonces, la monstruosa masa encarnada saltó al istmo y Ralph se arrojó al suelo mientras la tribu prorrumpía en chillidos.
La roca dio de pleno sobre el cuerpo de Piggy, desde el mentón a las rodillas: la caracola estalló en un millar
 
de blancos fragmentos y dejó de existir. Piggy, sin una palabra, sin tiempo ni para un lamento, saltó por los aires, al costado de la roca, girando al mismo tiempo. La roca botó dos veces y se perdió en la selva. Piggy cayó a más de doce metros de distancia y quedó tendido boca arriba sobre la cuadrada losa roja que emergía del mar. El cráneo se partió y de él salió una materia que enrojeció en seguida. Los brazos y las piernas de Piggy temblaron un poco, como las patas de un cerdo después de ser degollado. El mar respiró de nuevo con un largo y pausado suspiro; las aguas hirvieron, blancas y rosadas, sobre la roca, y al retirarse, en la succión, el cuerpo de Piggy había desaparecido. El silencio aquella vez fue total. Los labios de Ralph esbozaron una palabra, pero no surgió sonido alguno.
Bruscamente, Jack se separó de la tribu y empezó a gritar enfurecido:
-¿Ves? ¿Ves? ¡Eso es lo que te espera! ¡Lo digo en serio! ¡Te has quedado sin caracola! Corrió inclinado hacia delante.
-¡Soy el Jefe!
Con maldad, con la peor intención, arrojó su lanza contra Ralph. La punta rasgó la piel y la carne sobre las costillas de Ralph; se partió y se fue a parar al agua. Ralph estuvo a punto de desvanecerse, más por el pánico que por el dolor, y la tribu, que gritaba ahora con la misma violencia que su Jefe, avanzó hacia él. Sintió junto a su mejilla el zumbido de otra lanza, que no logró alcanzarle por estar curvada, y después, otra, arrojada desde lo alto por Roger. Los mellizos quedaban escondidos detrás de la tribu, y los anónimos rostros diabólicos invadían el istmo. Ralph dio vuelta y escapó. A sus espaldas surgió un gran ruido que parecía proceder de innumerables gaviotas. Obedeciendo a un instinto hasta entonces ignorado por él, giró bruscamente hacia el descampado y las lanzas se perdieron en el espacio. Vio el cuerpo decapitado del cerdo y pudo saltar a tiempo sobre él. Momentos después entraba bajo la protección de la selva, aplastando ramas y follaje.
 
El jefe se paró junto al cerdo abatido, dio la vuelta y alzó los brazos.
-¡Atrás! ¡A la fortaleza!
Pronto regresó la bulliciosa tribu al istmo, donde Roger salió a su encuentro. El Jefe le habló con dureza:
-¿Por qué no estás de guardia?
Los ojos de Roger reflejaban gravedad.
-Acababa de bajar para...
Emanaba de él ese horror que infunde el verdugo. El Jefe no le dijo más y volvió su mirada hacia Samyeric.
-Tenéis que entrar en la tribu.
-Suéltame...
-...y a mí.
El Jefe arrebató una de las pocas lanzas que quedaban y con ella sacudió las costillas a Sam.
-¿Qué es lo que te proponías, eh? -dijo el enfurecido Jefe-. ¿Qué es eso de venir aquí con lanzas? ¿Qué es eso de negarte A entrar en mi tribu, eh?
Los movimientos de la lanza se sucedían rítmicamente. Sam gritó:
- ¡Así no se juega!
Roger pasó junto al jefe y estuvo a punto de empujarle con el hombro. Los gritos cesaron; Samyeric, tendidos en el suelo, alzaban los ojos en mudo terror. Roger se acercó a ellos como quien esgrime una misteriosa autoridad.

 

William Golding

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