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7

¡La fuga!


  Cuando Susan regresó de Hyper Base, Alfred Lanning la estaba esperando. El buen hombre no hablaba nunca de su edad, pero todo el mundo sabía que tenía setenta y cinco años.
No obstante, su mente era despierta y si había permitido que lo nombrasen Director Honorario de Investigaciones, actuando Bogert de director efectivo, aquello no le impedía asistir cotidianamente a la oficina.
  --¿Cómo está el trabajo de la Zona Hiperatómica? --No lo sé -respondió ella, irritada-. No lo he preguntado.
  --¡Ejem!... Quisiera que se diesen prisa. Porque si no se la dan, Consolidated puede ganarles la mano, y gan rnosla a nosotros de paso.
  --¿Consolidated? ¿Qué tiene que ver con eso? --Pues..., no somos los únicos que nos dedicamos a crear máquinas. Las nuestras pueden ser positónicas, pero esto no quiere decir que sean mejores

Robertson ha convocado una gran reunión para mañana. Estaba esperando que regresase usted.

  Robertson, de la U.S. Robot / Mechanical Men Corporation, hijo del fundador, señaló con su aguda nariz al director general y su nuez pegó un salto hacia arriba mientras decía --Empiece usted. Vamos directamete el asunto.
  --He aquí el caso, jefe -comenzó el director general con vivacidad-. Consolidated Robots se dirigió a nosotros hace un mes con una curiosa proposición. Vinieron con cinco toneladas de cifras, ecuaciones, y toda clase de cálculos. Era un problema, y querían una contestaicón para el Cerebro. Las condiciones eran las siguientes...
  Fue contando con los dedos.
  --Cien mil para nosotros si no hay solución y podemos decirles cu les son los factores que faltan. Dosciento mil si hay solución, más el coste de construcción de la máquina afectada, más el cuarto de los intereses en todos los beneficios de ello derivados.
El problema se refiere al desarrollo de una máquina interestelar...
  Robertson frunció el ceño y su afilado rostro se endureció.
  --A pesar del hecho de que ya poseen una máquina pensadora. ¿Exacto? --Lo cual demuestra claramente que esta proposición en un engaño, jefe.
Leu-ver, siga adelante.
  Abe Leu-ver levantó la mirada desde la mesa del extremo de la sala de conferencia y se pasó la mano por la rasposa barbilla.
  --La cosa es así, jefe -dijo sonriendo-. Consolidated "tenía" una máquina pensante. Se ha estropeado.
  --¿Cómo? -dijo Robertson incorpor ndose a medias.
  --Es así. ¡Rota! ¡"Kaput"! Nadie sabe por qué, pero he llegado a ciertas concluisones..., como, por ejemplo, que le pidieron que les diese una máquina interestelar con la misma serie de informaciones que nos han mandado a nosotros y que esto estropeó su máquina. Ahora es chatarra, nada más que chatarra.
  --¿Comprende, jefe? -dijo el director general entusiasmado-. ¿Lo comprende? No hay ningún grupo industrial de investigación que no esté tratando de desarrollar una máquina que abarque el espacio, y Consolidated y U.S. Robots vamos a la cabeza en este terreno con nuestros robots cerebrales. Ahora que han conseguido estropear la suya, tenemos el campo libre. Este es el... supuesto motivo. Necesitar n seis años por lo menos para construir otra y están hundidos, a menos que puedan estropear la nuestra también, sometiéndola al mismo problema.
  El presidente de la U.S. Robots tenía los ojos abiertos y grades como platos.
  --¡Qué asquerosas ratas...!
  --Espere, jefe. Hay algo más.
¡Lanning, hable!... -dijo describiendo con el dedo un amplio círculo.
  El doctor Lanning hizo un resumen de la situación con un leve tono de desprecio; reacción natural contra las empresas y sectores de venta mucho mejor pagadas que él. Sus increíbles cejas grises se cerraban y su voz era seca.
  --Desde un punto de vista científico, la situación, si no enterarmente clara, es susceptible de un inteligente an lisis. El problema del viaje interestelar en las actuales condiciones de teoría física es vaga. La cuestión es muy vasta y la información dada por la Consolidated referente a su máquina pensante, era similarmente vaga. Nuestro departamento matemático ha procedido a un an lisis profundo, y parece que la Consolidated lo ha incluido todo. Su material de sumisión contiene todos los adelantos conocidos de la teoría curvo-espacial de Franciacci y, al parecer, todos los datos astrofísicos y electrónicos pertinentes. Es un buen bocado.
  Robertson los seguía atentamente.
Al fin interrumpió.
  --Es muy difícil para que el Cerebro lo resuelva.
  --No -intervino Lanning moviendo la cabeza con decisión-. No hay límites para la capacidad del Cerebro.
Es una cuestión distinta. Es cuestión de Leyes Robóticas; por ejemplo: no podrá jamás dar una solución a un problema que le haya sido sometido, si esta solución trae aparejada la muerte o daño de seres humanos. En cuanto a él hace referencia, un problema que no tuviese más que esta solución sería insoluble. Se este problema estuviese unido a una urgente demanda de respuesta, sería posible que el Cerebro, que es sólo un robot al fin y al cabo, se encontrase ante un dilema según el cual no podría ni contestar ni negarse a hacerlo. Algo por el estilo puede haberle ocurrido a la máquina de la Consolidated.
  Hizo una pausa, pero el director general insistió: --Siga, doctor Lanning. Explíqueselo en la forma como me lo explicó a mí.
  Lanning arqueó las cejas apretando los labios, y miró hacia Susan Calvin, que levantó por primera vez la vista de sus manos cruzadas en el regazo. Habló en voz baja y sin entonación.
  --La naturaleza de la reacción robótica ante un dilema es impresionante -comenzó-. La psicología del robot está muy lejos de ser perfecta, como especialista puedo asegur rselo, pero puede ser discutida en términos cualitativos, porque a pesar de todas las complicaciones introducidas en el cerebro positónico de un robot, está construido por los humanos, y por lo tanto, conformado de acuerdo con los valores humanos.
  >Ahora bien, un humano enfrentado con una imposibilidad, responde frecuentemente con una retirada de la realidad; penetra en un mundo de engaño, entreg ndose a la bebida, llegando al histerismo, o tir ndose de un puente. Todo esto se reduce a lo mismo, la negativa o la incapacidad de enfrentarse serenamente con la situación. Y lo mismo ocurre con los robots. Un dilema, en el mejor de los casos, creará un desorden en sus conexiones; y en el peor abrasará su cerebro positónico sin reparación posible

  --Comprendo -dijo Robertson, que no había comprendido nada-. ¿Y qué me dice de esta información que nos pide Consolidated.
  --Encierra indudablemente un problema de un género prohibido -dijo Susan Calvin-. Pero el Cerebro difiere considerablemente del robot de la Consolidated.
  --Eso es cierto, doctora, es cierto -interrumpió el director general con energía-. Quiero que sepa bien esto, porque es el punto esencial de la situación.
  Los ojos de Susan relucían detr s de sus lentes y contunuó pacientemente: --Estas máquinas de la Consolidated, comprende, su Superpensador entre ellas, están construidas sin personalidad. Se rigen por un funcionarismo, obligatoriamente; sin las patentes b sicas de la U.S. Robots para los senderos emocionales del cerebro. Su Pensador es una mera máquina calculadora en gran escala y un dilema la aniquila instantáneamente.
  >Sin embargo, el Cerebro, nuestra máquina, tiene una personalidad, una personalidad de chiquillo. Es un cerebro supremanente deductivo, pero se parece a un "idiot savant". En realidad, no entiende lo que hace, se limita a hacerlo. Y porque es realmente un chiquillo, es más reacio. "La vida no es tan seria", parece decir.
  La doctora en psicología, hizo una pausa y prosiguió: --He aquí lo que vamos a hacer.
Hemos dividido toda la información de la Consolidated en partes lógicas.
Vamos a introducir cada una de las partes en el Cerebro, separada y cautelosamente. Cuando entre el "factor", el que crea el dilema, la personalidad infantil del Cerebro vacilar . Su sentido enjuiciador no está maduro. Se producirá un intervalo perceptible antes de que reconozca el dilema como tal. Y durante este intervalo, rechazará automáticamente la unidad, antes de los senderos cerebrales puedan ser puestos en movimiento y estropearlos.
  La nuez de Robertson se estremeció.
  --¿Está usted segura, ahora¿ --La cosa no tiene mucho sentido, lo admito -dijo Susan Calvin con disimulada impaciencia-, en lenguaje vulgar; pero no concibo que tenga la utilidad de presentarlo en forma matemática. Le aseguro que es como le digo.
  El director general saltó a la brecha, con calor.
  --De manera que la situación es ésta: Si aceptamos la proposición, podemos proceder de esta forma. El Cerebro nos dirá cu l de las unidades es la que encierra el dilema. De donde podremos calcular "por qué" existe el dilema. ?No es esto, doctor Bogert¿ Ya lo ve usted, doctora, y el doctor Bogert es el mejor matemático que encontrará en parte alguna. Damos a la Consalidated la respuesta de "Sin Solución", con el motivo que la justifica, y cobramos cien mil. Ellos se quedar n con una máquina estropeada y nosotros con una entera. Dentro de un años, dos quiz , tendremos una máquina curvo-espacial, o un motor hiperatómico, como lo llaman algunos.
Ll mela como quiera, será la cosa más grande del mundo.
  Robertson se echó a reir y tendió la mano.
  --Veamaos este contrato. Voy a firmarlo.

  Cuando Susan Calvin entró en la bóveda del Cerebro, fantásticamente guardada, uno de los turnos de técnicos acababa de preguntarle: "Si una gallina y media pone un huevo y medio en un día y medio, ?cu ntos huevos pondr n nueve gallinas en nueve días¿".
  Y la máquina había contestado: "Cincuenta y cuatro".
  Y los técnicos se habían mirado perplejos unos a otros.
  La doctora Calvin tosió y se produjo una súbita confusión de energías

La doctora hizo un breve gesto y se quedó sola con el Cerebro.
  El Cerebro ero un mero globo de medio metro de di metro -que contenía en su interior una atmósfera totalmente acondicionada de helio, un volumen de espacio toatalmente ausente de vibraciones y libre de radiaciones- y dentro del cual había una inaudita complejidad de senderos cerebrales positónicos que formaban el Cerebro.
El resto de la habitación estaba atestada de dispositivos que eran los intermediarios entre el Cerebro y el mundo exterior, su voz, sus brazaos, sus órganos sensoriales.
  --¿Cómo estás, Cerebro¿ -preguntó suavemente la doctora Calvin.
  La voz del Cerebro respondió vibrante y con entusiasmo.
  --¡Muy bien, doctora Calvin! Me vas a hacer alguna pregunta, llevas siempre un libro en la mano.
  --Bien, pues tienes razón, pero todavía no -sonrió Susan-. Pero es tan complicada que te la vamos a dar por escrito. Pero más tarde. Me parece que voy a hablarte primero.
  --Perfectamente, no me importa hablar.
  --Escucha, Cerebro, dentro de un momento, el doctor Bogert y el doctor Lanning estar n aquí con su complicada pregunta. Te daremos muy poco cada vez y muy lentamente, porque queremos que te andes con cuidado. Vamos a pedirte que saques algo en conjunto, si te es posible, de la información, pero tengo que advertirte que la solución puede comportar un cierto peligro para los seres humanos.
  --¡C spita! -exclamó con voz ronca, seca, el Cerebro.
  --Ahora, mucho cuidado. Cuando lleguemos a un punto que pueda significar peligro, incluso quiz muerte, no te excites. Comprendes, Cerebro, en este caso, no nos importa..., ni siquiera la muerte; nos tiene sin cuidado. De manera que cuando llegues a este punto, te detienes, nos la devuelves y se acabó. ?Comprendes¿ --¡Sí, sí, seguro! Pero..., ¡cáspita, muerte de los humanos...! ¡Oh!
  --Y ahora, Cerebro, oigo llegar al doctor Bogert y al doctor Lanning.
Ellos te explicar n en qué consiste el problema y empezaremos. Sé buen muchacho, ahora...
  Lentamente las hojas fueron siendo insertadas. Después de cada una se producía un intervalo de un curioso ruido, como el ahogado cuchicheo que era el Cerebro en acción. Después venía un silencio, que quería decir que estaba en disposición de recibir una nueva hoja. Era cuestión de horas, durante las cuales el equivalente de unos doscientos dieciesiete gruesos volúmente de física-matemática fue tragado por el Cerebro.
  A medida que se iba procediendo a la operación, todos fruncían el ceño.
Lanning refunfuñaba ferozmente en voz baja. Bogert, primero, se contempló pensativo las uñas y después empezó a morderlas de una forma abstraída.
Sólo cuando la última de las hojas del grueso montón hubo desaparecido, Susan, con el rostro p lido, dijo: --Hay algo que no va.
  Lanning hizo un supremo esfuerzo por pronunciar unas palabras.
  --No puede ser. Está..., muerto.
  --¿Cerebro?... -Susan Calvin estaba temblando-. ?Me oyes, Cerebro¿ --¿Eh?... -respondió la máquina, abstraída-, ?Qué quieres¿ --La solución.
  --¡Ah!... Puedo darla. Os construiré la nave, con facilidad..., si me dais robots. Una linda nave.
Necesitaré dos meses, quiz .
  --¿No ha habido... dificultad¿ --Fue largo de calcular.
  La doctora Calvin se echó a reír.
El color no había reaparecido en sus mejillas. Hizo signo a los demás de que se marchasen.
  --No logro entenderlo -dijo, una vez en su despacho-. La información, tal como se ha dado, tiene que envolver un dilema..., probablemente la muerte. Si algo se ha estropeado...
  --La máquina habla y razona. No puede haber dilema.
  --¡Hay dilemas y dilemas! -exclamó la doctora con calor-. Haydiferentes formas de evasión. Supongamos que el Cerebro se siente sólo débilmente captado; sólo lo sufieciente, digamos, para sufrir la ilusión de que puede resolver el problema, cuando en realidad no puede. O supongamos que está oscilando en el borde mismo de algo realmente malo, de manera que el menor empuje lo hace pasar más allá.
  --Supongamos -dijo Lanning- que no hay dilema. Supongamos que la máquina de la Consolidated se rompió a cuasa de otra pregunta, o por razones puramente mecánicas.
  --Pero aun así -insistió Susan Calvin- no podemos correr el riesgo.
Oigan, a partir de ahora nadie debe ni respirar delante del Cerebro. Me hago cargo del asunto.
  --Muy bien -suspiró Lanning-, h gase cargo, pues. Y entretanto, dejaremos que el Cerebro nos construya la nave. Y si nos la construye, tendremos que probarla. Para esto necesitaremos nuestros mejores hombres -añadió pensativo.

  Michael Donovan se alisó la encrespada cabellera pelirroja con un violento ademán, y la total infiferencia a que en el acto volviese a erizarse.
  --Llama el turno ya, Greg -dijo-.
Dicen que la nave está terminada. No saben lo que es, pero está terminada.
Vamos, Greg. Vamos a tomar el mando.
  --Espera, Mike -dijo Powell, cansado-. La confinada atmósfera que respirmos no es adecuada para tu entusiasmo y buen humor.
  --Escucha -dijo Donovan. d ndole otro tirón a su cabello-. No me preocupa el genio éste de hierro ni su linda nave de hojalata. ¡Son mis vacaciones perdidas! ¡Y la monotonía!
Aquí no hay más que bigotes y cifras..., una fea especie de cifras.
¡Oh, por qué tienen que darnos siempre estas misiones!
  --Porque -respondió Powell amablemente -por lo visto les convenimos.
¡O.K., descansa! Viene el doctor Lanning.
  Lanning se acercaba con sus siempre pobladas cejas grises y lleno de vida a pesar de su edad. Subió silenciosamente la rampa con sus dos compañeros y salieron al campo abierto adonde, sin obedecer a ningún ser humano, silencios robots estaban construyendo una nave. Mejor dicho: ¡Habían construido una nave! Porque Lanning dijo: --Los robots se han parado. Ninguno se ha movido hoy.
  --¿Está lista, entonces¿ ?Definitivamente¿ -preguntó Powell.
  --¿Cómo puedo decirlo¿ -dijo Lanning, frunciendo el ceño-. Parece lista. No se ven piezas sueltas por ninguna parte y el interior tiene un brillo de cosa acabada.
  --¿Ha estado usted dentro¿ --Entrar y salir. No soy piloto del espacio ?Entiende alguno de ustedes algo en teoría de motores¿ Donovan miró a Powell y Powell miró a Donovan.
  --Tengo mi licencia, doctor, pero en mis últimos textos no hay nada referenta a hipermotores ni curvonavegación. Sólo el corriente juego de niños de las tres dimensiones.
  Alfred Lanning levantó la mirada con un gesto de neta reprobación y soltó un ronquido con su larga nariz.
  --Bien, mandaremos nuestros ingenieros -dijo en tono helado.
  Powell lo agarró por el codo al ver que se disponía a marcharse.
  --Oiga, doctor, ?es la nave un campo prohibido¿ --Suponto que no -respondió Lanning después de haber vacilado rascándose la nariz-. Para ustedes dos, en todo caso.
  Donovan murmuró una frase expresiva a su espalda al verlo marchar y se volvió hacia Powell.
  --Me gustaría darle una descripción literaria de él mismo, Greg.
  --Ven conmigo, Mike.
  El interior de la nave estaba terminado, tan terminado como una nave pudo jamás estarlo; podía afirmase con sólo pestañear dos veces. Ningún obrero especializado hubiera podido dar más brillo del que habían dado los robots. Las paredes tenían un acabado de reluciente plata que no conservaba las impresiones digirales.
  No había ángulos; paredes, suelo y techos se fundían unos con otros en delicadas curvas, y el resplandor metálico de la luz indirecta daba seis frías imágenes de los asombrados visitantes.
  El corredor principal era un estrecho túnel cuyo suelo resonaba bajo las pisadas y en que había una serie de habitaciones imposibles de distinguir unas de otras.
  --Supongo que los muebles deben de estar empotrados en las paredes -dijo Powell-. O quiz no tenemos que sentarnos ni dormir.
  En la última habitación, cerca de la proa de la nave, se quebraba la monotonía. Una ventana curva, sin reflejos, era lo primero que rompía la monotonía metálica y bajo ella había una sola esfera de grandes dimensiones con una única aguja inmóvil que marcaba el cero.
  --¡Mira esto! -dijo Donovan señalando la única palabra escrita en una escala minuciosamente marcada. La palabra era "parsecs", y la diminuta cifra del extremo de la escala graduada era "1.000.000*. Había dos sillas; pesadas, bastas, sin acolchar

Powell se sentó en una de ellas y la encontró cómoda, sus curvas se amoldaban a las formas de su cuerpo.
  --¿Qué te parece todo esto¿ -preguntó Powell.
  --¡Por mi dinero! Creo que el Cerebro tiene fiebre cerebral. ¡V monos!
  --¿No quieres dar un vistazo a todo esto¿ --He dado ya un vistazo a todo eso

He venido y he visto. ¡Estoy harto!
Greg, salgamos de aquí -añadió con el pelo rojo erizado-. He abandonado mi trabajo hace cinco minutos y esto es una zona prohibida.
  Powell sonrió de una forma untuosa y satisfecha y se alisó el bigote.
  --Bien, Mike, cierra la válvula de adrenalina que estás vertiendo en tu sangre. Estaba preocupado también, pero nada más.
  --¿Nada más, eh¿ ?Cómo es eso, nada más¿ ?Aumentando tu seguro¿ --Mike, esta nave no puede despegar.
  --¿Cómo lo sabes¿ --¿Hemos recorrido toda la nave, no¿ --Así pareces.
  --Puedes creerlo bajo mi palabra- ¿Has visto una sola cámara de pilotaje a excepción de este ventanal y una esfera calculada en parsecs¿ ?Has visto algún mando¿ --No.
  --¿Has visto algún motor¿ --¡Por Júpiter, no!
  --Bien, entonces... Vamos a darle la noticia a Lanning, Mike.
  Recorrieron a toda velocidad los uniformes corredores para chocar finalmente con el estrecho paso que daba a la compuerta neumática.
  Donovan se puso rígido.
  --¿Has cerrado tú eso, Greg¿ --No lo he tocado para nada. Levanta la palanca quieres...
  Pero a pesar de los agotadores esfuerzos de Mike, la palanca no se movió.
  --No he visto ninguna salida de urgencia -dijo Powell-. Si ocurre ago, nos van a tener que sacar fundidos.
  --Sí, y vomos a tener que esperar a que se den cuenta de que algún loco nos ha encerrado aquí dentro -añadió Donovan frenético.
  --Volvamos a la ventana. Es el único sitio desde el cual podemos llamar la atención.
  Pero no fue así.
  En la última habitación, la ventana no era ya azul y llena de cielo. Era negra, y unas puntas de aguja amarillentas en forma de estrella decían: "Espacio".
  Se produjo un fuerte golpe sordo, doble, y dos cuerpos se desplomaron en dos sillas.

  Alfred Lanning encontró a Susan Calvin en la puerta de la oficina.
Encendió nerviosamente un cigarro y le hizo seña de entrar.
  --Bien, Susan -dijo-, hemos llegado bastante lejos y Robertson se está poniendo nervioso. ?Qué va usted a hacer con el Cerebro¿ Susan Calvin abrió los brazos, extendiendo las manos.
  --No sirve de nada ponerse impacientes. El Cerebro tiene mayor valor que todo lo que podamos obtener con este trato.
  --Pero lleva usted dos meses interrog ndolo.
  --¿Preferiría usted llevar este asunto personalmente¿ -preguntó la doctora en tono llano, pero ligeramente amenazodor.
  --Ya sabe usted lo que quiero decir...
  --¡Oh, supongo que sí! -respondió ella, frotándose las manos nerviosas-

La cosa es fácil, he estado probando y tanteando y no he llegado todavía a ninguna parte. Sus reacciones no son normales. Sus respuestas son, en cierto modo..., extrañas. Pero nada en que poner el dedo. Y, comprenda usted, hasta que sepamos qué es lo que pasa, debemos andar de puntillas. Me es imposible decir qué pregunta u observación conseguir ... darle el empujón y... si entonces tendremos entre nuestras manos un Cerebro completamente inútil. ?Quiere usted correr este riesgo¿ --No sé, no puede quebrantar la Primera Ley.
  --Eso hubiera pensado, pero...
  --¿No está siquiera segura de esto?-preguntó Lanning escandalizado.
  --¡Oh, no puedo estar segura de nada, Alfred!
  Los timbres de alarma resonaron con una aterradora prontitud. Lanning cortó la comunicación con un espasmo casi paralizante. Las palabras salieron jadeantes y heladas de sus labios.
  --Susan..., ha oído esto..., la nave ha partido. He mandado a aquellos físicos a su interior hace media hora. Tendrá usted que consultar de nuevo con el Cerebro.
  --Cerebro -dijo Susan Calvin con forzada calma-, ?qué le ha ocurrido a la nave¿ --¿La nave que he construido, miss Susan¿ --Exacto. ?Qué ha sido de ella¿ --Nada. Los dos hombres que tenían que hacer las pruebas estaban dentro y todo estaba dispuesto. De manera que la lancé.
  --¡Oh, vaya, pues está bien! -La doctora encontraba una cierta dificultad en respirar-. ?Crees que estar n bien¿ --Tan bien como sea posible, miss Susan. He tomado todas las precauciones. Es una her-mo-sa nave.
  --Sí, Cerebro es hermosa, pero ¿crees que tendr n bastante comodidad¿ ¿Estar n confortablemente alojados¿ --Mucha comida.
  --Esto puede haber sido una gran impresión para ellos. Por lo inesperado, comprendes...
  --Estar n bien -dijo el Cerebro, desechando la objección-. Tiene que ser interesante para ellos.
  --¿Interesante¿ ?Cómo¿ --Sólo interesante.
  --Susan -dijo Lanning con un susurro-, pregúntele si podrían morir.
Pregúntele qué peligros corren.
  La expresión de Susan Calvin se contorsionó en un gesto de furia.
  --¡C llese! -Con voz turbada, se volvió hacia el Cerebro-. ?Podremos comunicar con la nave, verdad, Cerebro¿ --Pueden oirte, si los llamas por radio. Nos hemos preocupado de esto.
  --Gracias. Eso es todo, por ahora

  Una vez fuera, Lanning estalló con rabia: --¡Por toda la Galaxia, Susan, si esto se sabe estamos arruinados! Es necesario que hagamos regresar a estos hombres. ?Por qué no le ha preguntado si había peligro de muerte..., directamente¿ --Porque esto es precisamente lo que no puedo mencionar. Si xiste un dilema, es de muerte. Cualquier cosa que sea demasiado fuerte para él, pude aniquilarlo. ?Estaremos acaso mejor, entonces¿ Ahora, espere, dice que podemos comunicar con ellos. Vamos a hacerlo, localicémoslos y hag moslos regresar. Probablemente pueden manejar los controles ellos mismos. El Cerebro sin duda los dirige desde lejos. ¡Venga!

  Transcurrió bastante tiempo antes de que Powell volviese en sí.
  --Mike -dijo con los labios fríos-, ¿sientates algunas aceleraciones¿ --¿Eh?... -preguntó Donovan con mirada inexpresiva-. No...
  Los puños del pelirrojo se cerraron, y levantándose con ímpetu de su sillón, se acercó a la ventana con frenética energía. No se veía nada..

más que estrellas.
  --Greg -dijo, volviéndose-, deben de haber lanzado esta máquina mientras estábamos dentro. Greg, todo esto estaba preparado; combinaron que el robot nos obligase a ser pilotos de prueba para el caso en que pens semos volvernos atr s.
  --¿Qué estás diciendo¿ -dijo Powell-. ?Qué utilidad tiene mandarnos al espacio si no sabemos cómo se gobierna esta máquina¿ ?Cómo creen que vamos a hacerla regresar¿ No, esta nave arrancó por sí sola y sin ninguna aceleración aparente. -Se levantó y comenzó a caminar lentamente. Las paredes de metal resonaban al comp s de sus pasos.
  Con una voz sin entonación, añadió: --Mike, ésta es la situación más confusa en que nos hemos encontrado jamás.
  --¡Qué cosa más nueva para mí!
-dijo Mike con amargura-. Empezaba a pasarlo divinamente cuando me lo has dicho.
  Powell no le hizo caso.
  --Aceleración nula -dijo-. Lo cual indica que esta nave funciona bajo un principio diferente de todos los conocidos.
  --Diferente de los que nosotros conocemos, en todo caso..
  --Diferente de "todos" los conocidos. No hay motores al alcance de la mano. Quiz estén dentro de las paredes. Quiz por esto son tan gruesas.
  --¿Qué estás refunfuñando¿ Estoy diciendo que, cualquiera que sea la energía que mueve esta nave, no está destinada, evidentemente, a ser controlada a mano. Esta nave es teledirigida.
  --¿Por el Cerebro¿ --¿Por qué no¿ --¿Entonces, crees que seguiremos en el espacio hasta que el Cerebro decida hacernos regresar¿ --Es posible. Si es así, esperemos tranquilamente. El Cerebro es un robot, está obligado a respetar la Primera Ley. No puede dañar a un ser humano.
  --¿Esto crees¿ -dijo Donovan sentándose lentamente y alis ndose el cabello-. Escucha, el cuento del espacio curvo ha hecho cisco el robot de la Consolidated, y el melenudo dijo que era debido a que el viaje interestelar mata a los serres humanos. ?En qué robot vas a confiar¿ El nuestro se basa en los mismos principios, según tengo entendido.
  Powell se tiraba desesperadamente del bigote.
  --No finjas no entender en robótica, Mike. Antes de que sea físicamente posible a un robot hacer un solo intento de infrigir la Primera Ley, tienen que destrozarse tantas cosas, que se produciría un montón de desperdicios diez veces mayor. Esto tiene alguna explicación más sencilla.
  --¡Sí, seguro, seguro!... Bien, hazme llamar por el mayordomo, mañana

Todo esto es realmente demasiado sencillo para que me preocupe antes de haber descabezado mi sueñecito.
  --¡Pero, por Júpiter, Mike ?De qué te quejas hasta ahora¿ El Cerebro vela por nosotros. Aquí tenemos calor, tenemos luz, tenemos aire. No hay siquiera un soplo de más de aceleración para erizarte el cabello, si, desde luego, fuese erizable, en primer lugar.
  --¿Sí¿ Greg, tu debes haber tomado lecciones. ?Y qué comeremos¿ ?Qué beberemos¿ ?Dónde estamos¿ ?Cómo regresaremos¿ Y en caso de accidente, ¿con qué traje del espacio saldremos y por dónde¿ No he visto siquiera un cuarto de baño ni aquellos pequeños adminículos que suelen haber en los cuartos de baño. Desde luego, se ocupan de nosotros, pero... !Escucha!
  La voz que interrumpió la gran tirada de Donovan no fue la de Powell

No era de nadie. Estaba allí, flotando en el aire, estentórea y petrificadora en sus efectos.
  "!Gregory Powell¡ !Michael Donovan¡ !Gregory Powell¡ !Michael Donovan¡ Comuniquen su actual posición. Si la nave responde a los controles, rogamos regresen a la Base. !Gregory Powell¡ !Michael Donovan¡" El mensaje se repetía, mecánicamente, roto a intervalos regulares.
  --¿De dónde viene esto¿ -preguntó Donovan.
  --No sé -dijo Powell, con un susurro, impresionante-. ?De dónde viene la luz¿ ?De dónde viene todo¿ --¿Y cómo vamos a contestar¿ -Tenían que hablar durante los intervalos del mensaje, que se iba repitiendo.
  Las paredes estaban desnudas, tan desnudas como puede estar una superficie de metal no rota por nada.
  --Grita la respuesta -dijo Powell Así lo hicieron. Gritaron, por turno, juntos.
  --!Posición desconocida¡ !Nave fuera de contro¡ !Situación desesperada!
  Sus voces resonaban estridentes.
Las breves y telegr ficas frases quedaban deformadas por la intensidad de los gritos, pero la fría voz que llamaba iba repitiendo incansablemente su mensaje.
  --No nos oyen -murmuró Donovan-.
No hay estación transmisora, sólo receptora. -Su mirada recorría al azar la superficie de las paredes.
  La voz exterior fue disminuyendo paulatinamente de intensidad y se calló. De nuevo ellos chillaron cuando no era más que un susurro y de nuevo volvieron a gritar cuando reinó el silencio. Cosa de unos quince minutos después, Powell dijo, casi sin voz: --Vamos a recorrer la nave otra vez. Debe de haber algo que comer en alguna parte. -Su tono no delataba ninguna confianza; era casi el reconocimiento de su derrota.
  Dividieron el corredor en dos partes. Podían oírse uno a otro por el fuerte resonar de sus pasos, y volvían a encontrarse en el corredor, donde se miraban mutuamente y seguían adelante

  La exploración de Powell terminó infructuosamente, y en aquel momento oyó la alegre voz de Donovan con la sonoridad de un estruendo.
  --!Eh, Greg, la nave tiene tuberías¡ ?Cómo se nos ha escapado¿ Después de cinco minutos de jugar al escondite, encontró a Powell.
  --Pero sigue sin haber cuarto de baño -dijo. De repente se calló en seco-. !Comida¡ -jadeó.
  La pared se había corrido, dejando una abertura curva con dos estantes.
El estante superior estaba lleno de latas sin etiquetar de una asombrosa variedad de tamaños y formas. Las latas esmaltadas del estante inferior eran uniformes y Donovan sintió una fría corriente de aire en sus piernas

El estante inferior estaba refrigerado.
  --!Cómo... cómo...!
  --Esto no estaba así antes -dijo Powell secamente-. Esta parte de la pared se ha corrido en cuanto entré por la puerta.
  Estaba ya comiendo. La lata tenía una cuchara dentro y pronto el aromático olor de habichuelas estofadas llenó la habitación.
  --!Coge una lata, Mike!
  --¿Qué minuta hay¿ -preguntó Donovan, vacilando.
  --¿Cómo quieres que lo sepa¿ ?Le haces remilgos¿ --No, pero en las naves no como más que habichuelas. Algo diferente gozaría de mi predilección.
  Su mano acarició y eligió una reluciente lata elíptica, cuya forma aplanada parecía insinuar la presencia de salmón o una golosina similar. Se abrió bajo una presión adecuada.
  --!Habichuelas¡ -gritó Donovan, cogiendo otra, pero Powell le tiró de los pantalones.
  --Es mejor que comas esto, muchacho. Las existencias son limitadas y podemos tener que estar aquí mucho tiempo.
  --¿Pero es que aquí no hay más que habichuelas¿ -dijo toscamente Donovan, ech ndose atr s.
  --Es posible.
  --¿Qué hay en el otro estante¿ --leche.
  --¿Sólo leche¿ -gritó Donovan, indignado.
  --Así parece.
  La comida de habichuelas y leche transcurrió en un absoluto silencio y al marcharse, la fracción de pared se colocó automáticamente en su sitio, dejando la superficie completamente lisa.
  --Todo es automático -dijo Powell, suspirando-. Todo igual. Jamás me he sentido más abandonado en mi vida.
  Quince minutos más tarde estaban de nuevo en la sala de la ventana mir ndose uno a otro desde dos sillones opuestos. Powell miró melancólicamente la única esfera de la sala. Seguía marcando "parsecs", la cifra seguía terminando en 1.000.000 y la aguja indicadora estaba todavía en el cero.

  En su despacho interior de las oficinas de la U.S. Robots / Mechanical Men Corp. Alfred Lanning, en tono agotado, está diciendo: --No contestan. Hemos probado todas las longitudes de onda, pública, privada, clave, directa, incluso este truco del subéter que hay ahora. !Y el Cerebro sigue sin querer decir nada¡ -le espetó a Susan Calvin.
  --No quiere extenderse sobre la materia, Alfred. Dice que no pueden oírnos... y cuando trato de apretarlo se pone de mal humor. Y no debería ser... ?Quién ha oído hablar jamás de un robot malhumorado¿ --¿Por qué no nos dice usted lo que sabe, Susan¿ -dijo Bogert.
  --Aquí va. Admite que controla la nave enteramente. Es positivamente optimista en cuanto a su seguridad, pero sin detalle. No me atrevo a apretarle las tuercas. Sin embargo, el centro de la perturbación reside, al parecer, en el mismo salto interestelar. El Cerebro se echó a reír cuando toqué este punto. Hay otras indicaciones, pero ésta es la más clara que ha aparecido como neta anormalidad.
  Bogert pareció súbitamente impresionado.
  --!El salto interestelar!
  --¿Qué ocurre¿ -gritaron a la vez Susan Calvin y Lanning.
  --Las cifras para el motor que nos dio del Cerebro. !Oiga..., acabo de pensar en una cosa!
  Y salió precipitadamente.
  Lanning lo siguió con la mirada.
Volviéndose hacia Susan, dijo: --Tenga usted cuidado con su final, Susan...
  Dos horas después, Bogert estaba hablando animadamente.
  --Le digo, Lanning, que es esto.
El salto interestelar no es instantáneo... mientras la velocidad de la luz sea infinita. La vida no puede existir... la "materia" y la "energía" no pueden existir como tales en el espacio curvo. No sé cómo ser ... pero es así. Esto es lo que mató al robot de la Consolidated.

  Donovan estaba realmente tan desesperado como parecía.
  --¿Sólo cinco días¿ Miraba a su alrededor, desalentado

Las estrellas de la ventana eran conocidas, pero infinitamente indiferentes. Las paredes eran frías al tacto; las luces, que habían vuelto a encenderse recientemente, eran de una brillantez insoportable; la aguja de la esfera marcaba obstinadamente cero; y Donovan no podía liberarse del gusto a habichuelas.
  --Necesito un baño -dijo tristemente.
  Powell levantó la vista un instante y respondió: --Yo también. No tienes por qué ser tan egoista. Pero a menos que quieras bañarte en leche y pasarte de beber...
  --Tendremos que pasarnos de beber un momentou otro, Greg. ?Dónde terminará este viaje interestelar¿ --Ya me lo dir s. En todo caso, vamos allá. O por lo menos el polvo de nuestros equeletos, pero... ?no es nuestra muerte el punto esencial del colapso original del Cerebro¿ --Greg -respondió Donovan, d ndole la espalda-, he estado pensando. La cosa está mal. No hay gran cosa que hacer, fuera de rondar por ahí o hablar contigo. Ya conoces estas historias de tipos que andan rondando eternamente por el espacio. Se vuelven locos mucho antes de sucumbir al hambre. No sé, Greg, pero desde que las luces han vuelto a encenderse, me siento extraño.
  Hubo un silencio hasta que Powell dijo, con voz muy débil: --Yo también. ?Qué sientes¿ --Una cosa extraña dentro -dijo el pelirrojo-. Como una especie de tensión interior. Me es difícil respirar. No puedo estarme quieto.
  --!Hum¡... ?Sientes alguna vibración¿ --¿Que quieres decir¿ --Siéntate un minuto y escucha. No lo oyes, pero, ?no sientes... como si algo latiese en alguna parte e hiciese latir toda la nave, y a ti con ella¿ Escucha...
  --Sí..., sí... ?Qué crees que es, Greg¿ ?No crees que somos nosotros¿ --Es posible -respondió Powell, acarici ndose lentamente el bigote-.
Pero pueden ser los motores de la nave. Puede estar prepar ndose.
  --¿Para qué¿ --Para el salto interestelar.
Puede estar próximo y sólo el diablo sabe cómo es.
  Donovan se quedó un momento pensativo. Después, con rabia, dijo: --Si es así, dejémoslo. Pero quisiera poder luchar. Es humillante tener que esperar de esta forma.
  Una hora después, Powell miró su mano, que había apoyado sobre el brazo metálico de su silla y con una clama absoluta, dijo: --Toca la pared, Mike.
  --No la siento vibrar, Greg -dijo Donovan, después de haber obedecido.
  Incluso las estrellas parecían borrosas. De algún lugar llegaba la vaga impresión de alguna poderosa máquina que iba cobrando energía entre las paredes, acumulando fuerzas para un pordigioso salto, ascendiendo la escala de la fuerza y el poder.
  Ocurrió con la rapidez de un pinchazo de dolor. Powell se puso rígido y casi se cayó de la silla.
Vio a Donovan y se desvaneció la visión, mientras el leve grito de Donovan penetraba y moría en sus oídos. Algo vibró vertiginosamente en él y luchó contra una creciente capa de hielo que iba espes ndose.
  Algo flotó suelto y formó un remolino de luces y dolor. Y cayó...
  ... y se retorció.
  ... Y cayó de bruces.
  ... En silencio.
  ¡Estaba muerto!
  Era un mundo sin movimiento ni sensaciones. Un mundo de una vaga consciencia sin sentidos; una consciencia de oscuridad y de silencio y de lucha sin forma.
  Más que nada, consciencia de eternidad.
  Era un tenue destello del "yo"...
frío y atemorizado.
  Entonces vinieron las palabras, melosas y sonoras, resonando encima de él en una espuma de sonidos.
  --¿Te ajustaba tu ataúd de una manera diferente antes¿ ?Por qué no pruebas los féretros extensibles de Mr. Cad ver¿ Están científicamente construidos con Vitamina Bí1.
!Usad los féretros Cad ver por su comodidad¡ Recordad que vais-a-estar-muertos-mucho-mucho-tiempo...
  No era exactamente un sonido, pero fuese lo que fuere, se desvaneció en una especie de zumbido aceitoso...

  El blanco destello que podía haber sido Powell se agitaba inútilmente en las infinitas extensiones del tiempo que existían por todo su alrededor, y caían sobre él mientras el agudo grito de cien millones de fantasmas con cien millones de voces de soprano se elevaban en el crescendo de una melodía...
  --Me alegraré cuando hayas muerto, tú granuja, tú...
  --Me alegraré cuando hayas muerto, tú, granuja. tú...
  --Me alegraré...
  Se elevó la espiral de un violento sonido en los estridentes supersónicos que pasaban, y más allá...
  El blanco destello se estremecía con un latido. Iba aumentando lentamente...
  Las voces eran normales... y muchas. Era una muchedumbre que hablaba; una multitud que se agitaba y pasaba por su lado r pidamente, dejando rastros de palabras detr s de ellos...
  El blanco destello que era Powell serpentaeaba hacia atr s delante del sonido que iba creciendo, y sintió el algudo pinchazo de un dedo que lo señalaba. Todo estalló en un arco iris de sonidos que cayó goteando sus fragmentos en un dolorido cerebro.
  Powell estaba de nuevo en su silla

Sintió que temblaba.
  Los ojos de Donovan se iban convirtiendo en dos grandes bolas de un azul turbio.
  --Greg... -susurró. Su voz era casi un gemido-. ?Estabas muerto¿ --Me sentía... muerto. -No reconoció su propia voz.
  Donovan estaba haciendo una vana tentativa de mantenerse de pie.
  --¿Estás vivo, ahora¿ ?O hay algo más¿ --Me siento vivo... -Siempre la misma voz ronca-. ?Has oído algo cuando... estaba muerto¿ -preguntó cautelosamente.
  Donovan hizo una pausa y después, muy despacio, bajó la cabeza.
  --¿Y tú¿ --Sí. Algo de ataúdes..., y mujeres que cantaban... ?Y tú¿ --Sólo una voz -dijo Donovan, moviendo la cabeza.
  --¿Fuerte¿ --No; suave, pero rasposa como una lima de uñas. Era como un sermón.
Algo del fuego del infierno, torturas..., en fin, ya sabes. Una vez oí un sermón como éste..., casi.
  Estaba sudando.
  Vieron la luz del sol a través de la ventana. Era débil, pero de un blanco azulado, y aquel guisante que era la lejana fuente de la luz no era el Viejo Sol.
  Y Powell señaló con su dedo tembloroso la esfera única. La aguja, inmóvil y rígida, marcaba 300.000 "parsec".
  --Mike, si esto es verdad -dijo Powell- tenemos que estar fuera de la Galaxia.
  --!C spita, Greg¡ !Seremos los priemros en salir del Sistema Solar!
  --Sí, ésta es la cosa. Hemos huido del sol. Hemos huido de la Galaxia.
Mike, esta nave es la solución. Significa ser libre de toda la humanidad..., libre de recorrer todas las estrellas que existen..., millones, billones y trillones de ellas...
  Pero entonces asestó el golpe fuerte.
  --¿Pero, cómo regresamos, Mike¿ --!Oh, no te preocupes¡ -respondió Donovan sonriendo-. La nave nos ha traído aquí. La nave nos volver . A por más habichuelas.
  --Pero, Mike..., espera, Mike...
si nos vuelve atr s de la forma como nos ha traído aquí...
  Donovan se detuvo a medio camino y se desplomó en su sillón.
  --Tendremos que... morir de nuevo, Mike -terminó.
  --En fin -suspiró Donovan-, si tenemos que morir, moriremos. Por lo menos no es permanente... no "muy" permanente.

  Susan Calvin hablaba en voz baja.
Durante seis horas había estado hostigando al Cerebro..., seis horas infructuosas. Estaba cansada de repeticiones, cansada de circunloquios, cansada de todo.
  --Bien, Cerebro, sólo una cosa más. Tienes que hacer un esfuerzo para contestar, simplemente. ?Has sido enteramente claro acerca del salto interestelar¿ Quiero decir, ?los lleva eso muy lejos¿ --Tan lejos como quiera ir, miss Susan. En la curvatura no hay truco

  --Y en el otro lado, ?qué ver n¿ --Estrellas y astros. ?Qué supones¿ La siguiente pregunta se le escapó

  --¿Estar n vivos, entonces¿ --!Seguro!
  --¿Y el salto interestelar no los dañar ¿ Quedó helada al ver que el Cerebro permaneció silencioso. !Era esto!
Había tocado el punto sensible.
  --Cerebro -suplicó-. Cerebro, ?me oyes¿ La respuesta fue débil, vacilante.
El Cerebro dijo: --¿Tengo que responder¿ ?Sobre el salto, me refiero¿ --Si no quieres, no. Pero sería interesante..., si quieres, desde luego. -Trataba de hablar animadamente.
  --Brrr... Lo has estropeado todo.
  Y la doctora se levantó de un salto, con el rostro incendiado interiormente.
  --!Oh, Dios mío¡... -jadeó-.
!Ah...!
  Y sintió la tensión de horas y días estallar de repente. Más tarde le dijo a Lanning: --Le digo que toda va bien. No, debe usted dejarme sola, ahora. La nave regresará intacta, con los hombres dentro y yo necesitó descansar. !Quiero descansar¡ Ahora márchese.

  La nave regresó a la Tierra tan silenciosa y matemáticamente como había salido. Cayó precisamente en el mismo sitio y la compuerta se abrió.
Los dos hombres que salieron de ella avanzaron cautelosamente, acarici ndose sus rasposas barbillas.
  Y entonces, lenta y deliberadamente, el que tenía el pelo rojo se arrodilló y depositó sobre el hormigón de la pista un sonora beso.
  Apartaron con ademanes a la muchedumbre que se había reunido y rehusaron los solícitos cuidados de dos hombres que avanzaban con una camilla que acababan de sacar de una ambulancia.
  --¿Dónde está la ducha más próxima? -preguntó Powell.
  Los acompañaron a ella. Más tarde se encontraron todos reunidos alrededor de una mesa donde había los mejores cerebros de la U.S. Robots / Mechanical Men Corp.
  Lenta y adecuadamente, Powell y Donovan terminaron su gr fico y sensacional relato.
  Susan Calvin rompió el silencio que siguió. Durante los pocos días transcurridos, había recuperado su helada y en cierto modo cida calma, pero a través de la cual se filtraba todavía una sombra de embarazo.
  --Estrictamente hablando -dijo-, fue culpa mía... todo. Cuando por primera vez sometimos el problema al Cerebro como espero alguno de ustedes recordar , me extendí ampliamente sobre la importancia de desechar cualquier fuente de información susceptible de crear un dilema. Al hacerlo, dije algo por el estilo de "No te excites por la cuestión de la muerte de seres humanos. No nos importa en absolto. Devuelve la hoja y basta".
  --!Humm¡ -dijo Lanning-. ?Y que más¿ --Lo evidente. Cuando sometió sus cálculos que comportaban la ecuación sobre la longitud del mínimo intervalo para el salto interestelar..., ello significaba la muerte de seres humanos. Aquí fue donde la máquina de la Consolidated quedó completamente destrozada. Pero yo había quitado importancia a la muerte ante el Cerebro, no enteramente, porque la Primera Ley no puede nunca ser infringida, pero sí lo suficiente para que el Cerebro dirigiese una segunda mirada a la ecuación. Lo suficiente para darle tiempo de darse cuenta de que una vez transcurrido el intervalo, los hombres volverían a la vida, de la misma manera que la materia y la energía de la nave volverían a su existencia. Esta llamada "muerte", en otras palabras, sería un fenómeno, estrictamente temporal. ?Comprenden¿ -terminó mirando a su alrededor.
  Todos escuchaban atentamente. Susan prosguió: --Aceptó, pues, el punto, pero no sin un cierto chirrido. Incluso con la muerte temporal y disminuida su importancia, tuvo suficiente para desequilibrarlo considerablemente.
Adoptó un actitud humorística -prosiguió con más calma-; es una especie de evasión, comprenden, un método de evadirse parcialmente de la realidad.
Empezó a bromear.
  Powell y Donovan se habían puesto en pio.
  --¿Cómo¿ Donovan estaba mucho más acalorado

  --Así -dijo Susan-. Se ocupó de ustedes y los mantuvo a salvo, pero no podían menajar los controles porque sólo los podía manejar él, el humorista Cerebro. Podíamos comunicar por radio, pero no podían ustedes contestar. Tenían mucha comida, pero sólo habichuelas y leche. Entonces murieron, por decirlo así, pero volvieron a vivir, y el período de su vida fue..., interesante. Me gustaría saber cómo lo hizo. Eran las bromitas del Cerebro, pero no quería hacer daño.
  --!No quería hacer daño¡ -gritó Donovan-. !Ah, si el monigote ése tuviese tan sólo un cuello...!
  --Bien, bien, ha sido un lío -dijo Lanning levantando una mano apaciguadora-, pero todo ha terminado. ?Y ahora, qué¿ --Pues -dijo Bogert tranquilamente-, es obio que nos corresponde mejorar la nave del espacio curvo. Debe haber alguna manera de solucionar el intervalo de salto. Si lo hay, somos la única organización que dispone del super-robot en gran escala, de manera que si lo hay tenemos que encontrarlo

Y entonces... U.S. Robots tiene el viaje interestelar, y la Humanidad tiene la oportunidad del imperio gal ctico.
  --¿Y la Consolidated¿ -preguntó Lanning.
  --!Eh¡ -interrumpió súbitamente Donovan-. Quiero hacer una sugerencia, aquí. Han metido la U.S. Robot en un brete, como ellos esperaban, y todo ha acabado bien, pero sus intenciones no eran piadosas. Y Greg y yo soportamos la mayor parte de él.
  --Bien, querían una respuesta y ya la tienen. Mandémosles esta nave, garantizada, y la U.S. Robots puede cobrar los doscientos mil, más los gastos de construcción. Y si la prueban... dejemos que el Cerebro se divierta un poco más antes de volverla a la normalidad.
  --Me parece sumamente indicado -dijo Lanning, muy grave.
  A lo cual Bogert añadió, distraídamente: --Y estrictamente de acuerdo con el contrato, además.


Isaac Asimov

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